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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.22

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Los buenos tiempos del viejo Stott-Wartenheim se fueron. Sin trabajo no hay plata.
Mr. Verloc sintió una extraña debilidad en sus gordas piernas. Dio un paso atrás y se sonó la nariz estrepitosamente.
Estaba alarmado y espantado de verdad. La luz rojiza del sol lon­dinense derrotaba, clara, a la niebla de Londres arrojando un brillo indiferente dentro de la oficina privada del Primer Secretario: y en medio del silencio, Mr. Verloc oyó el débil zumbido de una mosca que golpeaba contra el vidrio de una ventana- su primera mosca del año­anunciando la cercanía de la primavera con más claridad que toda una bandada de golondrinas. La actividad inútil del diminuto, vigoroso organismo, hizo una pésima impresión en el ánimo del hombre corpu­lento, amenazado en su indolencia.
Durante ese silencio, Mr. Vladimir anotó una serie de despectivas observaciones acerca de la cara y el aspecto de Mr, Verloc. El tipo era de una vulgaridad inesperada, pesado y falto de inteligencia hasta la desfachatez. Parecía, como pocos, un maestro plomero que se presenta­ra a cobrar su cuenta. El Primer Secretario de la Embajada, a partir de alguna incursión ocasional en el campo del humor americano, se había hecho la idea de que esos obreros eran la encarnación de la haraganería y la incompetencia fraudulentas.
Éste era el famoso y confiable agente secreto, que nunca había si-do designado de otro modo que con el símbolo.. en la corresponde n-cia oficial, semioficial y confidencial del difunto Barón Stott-Wartenheim; ¡el celebrado agente .., cuyas advertencias tuvieron el poder de cambiar itinerarios y fechas de giras reales, imperiales y du­cales, y más de una vez pusieron a esos personajes al borde de desapa­recer para siempre! ¡Ese tipo! Y Mr. Vladimir se gratificó en su cora­zón con un jubileo de risa, en parte por su propio asombro, al que con­sideraba ingenuo, pero sobre todo a expensas del universalmente llora­do Barón Stott-Wartenheim. Su Excelencia, el difunto embajador, a quien el augusto favor de su jefe imperial había impuesto en ese cargo, por encima de varios otros candidatos opositores entre los ministros de Relaciones Exteriores, tuvo en vida fama de búho crédulo y pesimista. Su Excelencia tenía la revolución social en el cerebro. Se consideraba a sí mismo un diplomático puesto, a un lado, por especial designio, para observar el fin de la diplomacia y, en muy poco tiempo más, el fin del mundo, en medio de un horrendo, democrático cataclismo. Sus proféti­cos v dolientes despachos habían sido durante años la burla del Minis­terio de Relaciones Exteriores. Se decía que, en su lecho de muerte, al ser visitado por su amigo y amo imperial, había exclamado:
-¡Desgraciada Europa! ¡Y habrás de perecer en razón de la insa­nia moral de tus criaturas!


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