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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.20

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No hubo tumulto por encima del cual no pudiese hacerme oír añadió; y súbitamente hizo una demostración.
-Permítame- dijo-. Con la frente baja, sin mirar a los lados, rápido y conciso cruzó la habitación hasta una de las puerta-ventanas. Como si diera vía libre a un impulso incontrolable, la abrió apenas. Mr. Vla­dimir, saltando pasmado de las profundidades de su sillón, lo miró por encima del hombro; abajo, más allá del patio de la Embajada, bien lejos del portón abierto, se podía ver la amplia espalda de un policía que observaba, ocioso, el opulento cochecito de un bebé sano, llevado con gran ceremonia a través de la plaza.
-¡Agente!- dijo Mr. Verloc, sin más esfuerzo que el que le hubiera demandado susurrar la palabra; y Mr. Vladimir reventó en una carcaja­da al ver al policía girar en redondo como si lo hubieran aguijoneado con algún instrumento punzante. Mr. Verloc cerró la ventana sin ruido y volvió al centro de la habitación.
-Con una voz así- dijo apretando la tecla del bajo conversacional­despertaba natural confianza. Y también sabía qué decir.
Mr. Vladimir, mientras se arreglaba la corbata, lo observó a tra­vés del espejo que estaba sobre el tablero de la chimenea.
-No me cabe duda de que usted se conoce de memoria toda la jer­ga revolucionaria social- le dijo con desdén-. Vox et... usted no debe haber estudiado latín ¿o sí?
-No- gruñó Mr Verloc. No esperará que yo sepa eso. Pertenezco al montón. ¿Quién sabe latín? Sólo unos pocos centenares de imbéciles que no son capaces de cuidarse a sí mismos.
Durante unos treinta segundos Mr. Vladimir estudió en el espejo el perfil grueso, la corpulencia del hombre que estaba ante él. Y a la vez tenía la ventaja de ver su propio rostro, limpio, afeitado y redondo, saludable, y sus labios finos, sensitivos, formados exactamente para emitir esas agudezas que lo habían convertido en favorito de la más conspicua sociedad. Luego se dio vuelta y avanzó hacia el centro del cuarto, con tanta decisión que las mismas puntas de su corbata de lazo, exquisitamente anticuada, parecieron erizarse en amenazas indecibles. El movimiento fue tan veloz y vehemente que Mr. Verloc echó unas miradas oblicuas de honda cobardía.
-¡Ajá! Usted se atreve a ser un desfachatado- empezó Mr. Vladi­mir con una asombrosa entonación gutural, una pronunciación que, más que no inglesa, era no europea, y llegó a espantar hasta a la expe­riencia cosmopolita de los barrios bajos que tenía Mr. Verloc-. ¡Se atreve! Bien, voy a hablarle claro. La voz no tiene nada que hacer. No vamos a darle uso a su voz. No queremos una voz. Queremos hechos...
¡hechos terribles, maldito sea!- agregó con una especie de feroz discre­ción, escupiendo las palabras en la propia cara de Verloc.


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