El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.18
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¡Ajá! Cherchez la femme se dignó exclamar Mr. Vladimir interrumpiendo en una concesión sin afabilidades; por el contrario, en su condescendencia restalló un tono siniestro-. ¿Cuánto hace que está empleado por la Embajada?- preguntó.
Desde los tiempos del difunto Barón Stott-Wartenheim contestó Mr. Verloc con tono sumiso, frunciendo los labios en un gesto melancólico, señal de pena por el diplomático fallecido. El Primer Secretario observaba con mirada fija ese juego fisonómico.
-¡Ah! desde los tiempos... ¡Bien! ¿Qué puede decir en su defensa?- preguntó lacónico.
Con cierra sorpresa, Mr. Verloc contestó que no sabía que tuviera algo especial que decir. Había sido citado mediante una carta, y hundió diligentemente su mano en un bolsillo lateral de su saco, pero ante la mirada vigilante y de cínica burla de Mr. Vladimir, terminó por dejarla donde estaba.
-¡Bah!- dijo este último. ¿Qué busca proclamando así su actividad? Ni siquiera tiene físico adecuado para su profesión. ¿Usted, miembro del proletariado hambriento? ¡Jamás! ¿Usted, un desesperado socialista o anarquista? ¿Cuál de las dos tendencias?
-Anarquista- declaró Mr. Verloc en un tono amortecido.
-¡Pavadas!- exclamó Mr. Vladimir, sin elevar la voz-. Usted puede asustar al viejo Wurmt, pero no podría engañar ni a un idiota. A todos esos los pongo entre paréntesis, pero usted me parece simple-mente imposible. Así que su conexión con nosotros empezó con el robo de los planos del camión francés. Y lo pescaron. Eso debe haber sido muy desagradable para nuestro gobierno. Usted no parece ser demasiado astuto.
Mr. Verloc intentó disculparse con su voz ronca.
-Como señalé antes, una fatal pasión por una persona indigna...
Mr. Vladimir levantó una mano grande, blanca, regordeta.
-¡Ah, sí! la infortunada relación de su juventud. Ella se adueñó del dinero y después lo vendió a usted a la policía ¿no?
El lúgubre cambio en la expresión de Mr. Verloc, el aplastamiento inmediato de toda su persona, delataron que ése fue el lamentable caso. La mano de Mr. Vladimir abarcó el tobillo que reposaba sobre su rodilla. La media era de seda azul oscura.
-Ya lo ve, no fue muy inteligente de su parte. Tal vez usted es demasiado proclive...
Mr. Verloc, con un murmullo arrebujado en su garganta, insinuó que ya no era joven.
-¡Oh! Esas fallas no las cura la edad- apuntó Mr. Vladimir con siniestra familiaridad. ¡Pero no! Usted es demasiado gordo para esto. No podría haber llegado a tener ese aspecto, si no fuera tan... tan proclive. Le voy a explicar cuál creo yo que es el problema: usted es un tipo haragán. ¿Cuánto hace que cobra sueldo en esta Embajada?
-Once años- fue la respuesta, luego de un momento de vacilación enfurruñada-.
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