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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.17

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Pero cuando el lacayo vestido de castaño apareció calladamente en la puerta, Mr. Verloc no se había movido ni una pulgada del lugar que ocupara durante la entrevista. Se había mantenido inmóvil, como si se sintiera rodeado de trampas.
Mr. Verloc caminó a través de un pasillo iluminado por un solita­rio mechero de gas, subió por una escalera caracol y atravesó un corre­dor luminoso en el primer piso. El criado abrió una puerta y se quedó a un lado. Los pies de Mr. Verloc percibieron una alfombra mullida. La habitación era amplia, con tres ventanas; un hombre joven, con una enorme cara afeitada, sentado en un espacioso sillón, ante un escritorio amplio de caoba, decía en francés al Chancelier d’Ambassade, que iba saliendo con sus papeles en la mano:
-Dice usted bien, mon cher. Es gordo, el muy animal. Mr. Vladi­mir, primer secretario, tenía pública reputación de hombre ameno y jovial. Era algo así como un favorito de la sociedad. Su talento consis­tía en descubrir cómicas conexiones entre ideas incongruentes; y cuan­do hablaba en ese estilo se adelantaba en su asiento, con la mano iz­quierda en alto, como si exhibiera sus graciosas exposiciones entre el pulgar y el índice, mientras su redondo, afeitado rostro mostraba una expresión de regocijada perplejidad.
Pero no había rastros de regocijo ni perplejidad en la mirada que le echó a Mr. Verloc. Bien arrellanado en el hondo sillón, acodado, cruzando la pierna sobre una gruesa rodilla, tenía, con su continente pulido y rozagante, el aire de un bebé sobrenatural, próspero, que no fuera motivo de asombro para nadie.
-¿Entiende francés, supongo?- preguntó.
Mr. Verloc afirmó roncamente que sí. Toda su humanidad se in­clinaba hacia adelante; permaneció parado sobre la alfombra, en mitad de la sala, sosteniendo bastón y sombrero en una mano; la otra colgaba inerte, pegada a su costado. Mr. Verloc emitió un murmullo discreto, arrastrado en alguna profundidad de su garganta, refiriéndose a que había cumplido el servicio militar en la artillería francesa. De inme­diato, con desdeñosa perversidad, Mr. Vladimir cambió de lengua y comenzó a hablar un inglés casi dialectal, sin rastros de acento extran­jero.
-¡Ah! Sí. Por supuesto. Vamos a ver. ¿Cuánto tiempo le llevó obtener el dibujo del obturador perfeccionado del cañón de campaña de ellos?
-Un riguroso confinamiento de cinco años en una fortaleza- con­testó Mr. Verloc, brusco, pero sin dar muestras de ningún sentimiento.
-Lo consiguió fácil- fue el comentario de Mr. Vladimir- y, de to-dos modos, le sirvió para dejarse pescar usted mismo. ¿Qué lo hizo caer en semejante situación, eh?
La ronca voz de Mr. Verloc se dejó oír hablando de juventud, de una fatal pasión indigna.


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