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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.16

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El funcionario parpadeó con convicción, como si se sintiera afectado por la luz turbia del cuarto. Luego repitió vagamente:
-La vigilancia de la policía y la severidad de los magistrados. La lenidad corriente del procedimiento legal en este país y la completa ausencia de toda medida represiva son un escándalo para Europa. Lo que ahora se busca es acentuar la inquietud, los fermentos que sin duda existen.
-Sin duda, sin duda- interrumpió Mr. Verloc en tono grave, defe­rente y oratorio, distinto por completo del que había utilizado antes, tan distinto que su interlocutor quedó estupefacto-. Existen en un grado peligroso. Mis informes de los últimos doce meses lo ponen bien de manifiesto.
-Sus informes de los últimos doce meses- comenzó el Consejero de Estado Wurmt, con su tono gentil y desapasionado- han sido leídos por mí. No logré descubrir por qué los escribió usted.
Durante unos pocos minutos reinó un triste silencio. Parecía que Mr. Verloc se había tragado la lengua; el otro miró fijamente los pape­les que estaban sobre el escritorio. Por último los apartó hacia un cos­tado.
-El estado de cosas que usted expone aquí es el que se asumió como existente y como primera condición de su empleo. Lo que se requiere en el momento actual no es escribir, sino producir un hecho distinto, significativo, yo hablaría más bien de un hecho alarmante.
-No necesito asegurar que todos mis esfuerzos estarán dirigidos a ese fin- dijo Mr. Verloc, modulando de modo convincente su ronco tono conversacional. Pero el presentimiento de una mirada atenta y centelleante por detrás de los opacos anteojos, al otro lado de la mesa, lo desconcertaba. Se detuvo bruscamente con ademán de absoluta devoción. El eficiente y laborioso, el oscuro miembro de Embajada, tenía el aspecto de estar impresionado por un pensamiento repentino.
-Usted es muy corpulento dijo.
Esta observación, en realidad de índole psicológica y emitida con la modesta hesitación de un oficinista más familiarizado con la tinta y el papel que con las exigencias de la vida activa, punzó a Mr. Verloc como una ruda y personal advertencia. Dio un paso atrás.
-¿Qué? ¿Qué ha dicho usted?- exclamó con ronco resentimiento.
El Chancelier d’Ambassade, encargado de la conducción de esta entrevista, pareció considerar que todo eso era demasiado para él.
-Pienso- respondió- que sería mejor que usted viera a Mr. Vladi­mir. Sí, decididamente creo que usted tendría que ver a Mr. Vladimir. Sea tan gentil de esperar aquí- agregó, y se fue con su pasito menudo.
De inmediato Mr. Verloc se pasó la mano por el pelo. De su frente brotaban leves gotas de transpiración. Dejó escapar el aire de sus labios fruncidos como quien sopla una cuchara llena de sopa caliente.


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