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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.15

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Así conducido a través de un pasillo de la planta baja, hacia la izquierda de la escalinata alfombrada, Mr. Verloc fue de pronto invitado a entrar en un diminuto salón amueblado con un macizo escritorio y unas pocas sillas. El sirviente cerró la puerta y Mr. Verloc quedó solo. No se sentó: con el sombrero y el bastón en una mano, miró en torno, pasando su otra mano regordeta por la peina­da cabeza descubierta.
Otra puerta se abrió sin ruido y Mr. Verloc inmovilizó la mirada en esa dirección: al primer golpe de vista sólo distinguió unas ropas negras, luego la calva de una cabeza y unas patillas grises oscuras a cada lado de un par de manos arrugadas. La persona que había entrado sostenía un montón de papeles ante sus ojos; mientras examinaba esos papeles caminó hasta la mesa con pasos afectados. El Consejero Priva­do Wurmt, Chancelier d’Ambassade, era de poca estatura; este merito­rio oficial depositó los papeles sobre la mesa y mostró una cara de aspecto pastoso y melancólica fealdad, enmarcada por una mata de fino y largo pelo gris oscuro, dividida por el trazo espeso de tupidas cejas. Se puso sobre la nariz roma y deforme unos quevedos de marco negro y pareció sorprenderse ante la presencia de Mr. Verloc. Bajo las enor­mes cejas, sus ojos débiles pestañeaban patéticos a través de los lentes.
Wurmt no hizo ninguna seña de saludo, ni tampoco Mr. Verloc, quien, por cierto, conocía su lugar; pero un sutil cambio en la línea de sus hombros y espalda sugería una mínima inclinación dorsal, por debajo de la amplia superficie del saco. El efecto delataba una deferen­cia recatada.
-Tengo aquí algunos de sus informes- dijo el funcionario con voz inesperadamente suave y llena de tedio, apretando con fuerza los pa-peles con la punta del índice. A continuación hizo una pausa y Mr. Verloc, que había reconocido muy bien su propia letra, aguardó ex­pectante, en silencio.
-No estamos satisfechos con la actitud de la policía de aquí- con­tinuó el otro, con todas las apariencias de quien tiene fatiga mental.
Los hombros de Mr. Verloc, sin moverse en realidad, insinuaron un encogimiento y, por primera vez desde que abandonó su casa esa mañana, se abrieron sus labios:
-Todo país tiene su policía dijo filosóficamente-. Pero como el funcionario de la Embajada parpadeaba frente a él sin pausa, se sintió obligado a agregar:
-Permítame observar que no tengo medios de acción sobre la po­licía local.
-Lo que se quiere- dijo el hombre de los papeles- es que ocurra algo definido que pueda estimular la vigilancia policial. Esto está den­tro de su provincia, ¿no es así?
Mr, Verloc contestó sólo con un suspiro, que se le escapó invo­luntariamente; por un momento trató de dar a su cara una expresión animada.


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