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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.14

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Verloc, luego se zambulló en un sótano. Un tosco poli­cía, de aspecto ajeno a toda emoción, como si él también fuera parte de la naturaleza inorgánica, emergiendo de la columna de un farol, no prestó la más mínima atención a Mr. Verloc. Éste, tras doblar a la iz­quierda, continuó su camino por una estrecha calle, junto a una pared amarilla que, por alguna razón inescrutable, tenía escrito en caracteres negros Nº 1 Chesham Square. En rigor, la plaza Chesham estaba por lo menos cincuenta metros más adelante, y Mr. Verloc, lo suficiente­mente cosmopolita como para no dejarse engañar por los misterios topográficos de Londres, prosiguió su camino con decisión, sin mues­tras de sorpresa o enfado. Por fin, con sistemática persistencia, alcanzó la plaza y describió una diagonal hasta el número 10. Se trataba de una imponente puerta cochera en medio de una pared alta y limpia, entre dos casas. Una de estas, con bastante arreglo a la razón, tenía el núme­ro 9, en tanto que la otra llevaba el 37; pero la pertenencia de esta últi­ma a la calle Porthill, calle bien conocida en la vecindad, estaba pro­clamada en una inscripción, puesta por encima de las ventanas de la planta baja por cualquiera que sea la eficiente autoridad que asume el deber de guardar el rastro de las casas extraviadas de Londres. Por qué no se piden poderes al Parlamento- un breve decreto bastaría- para obligar a esos edificios a volver a su lugar correspondiente es uno de los misterios de la administración municipal, Mr. Verloc no ocupaba su cabeza en este asunto, por ser su misión en la vida la de proteger el mecanismo social, no su perfeccionamiento, ni menos su crítica.
Era tan temprano que el portero de la Embajada salió precipita­damente de la portería, luchando aún con la manga izquierda del saco de su librea. El saco del portero era rojo y los calzones cortos, pero su aspecto, con todo, traslucía agitación. Mr. Verloc, conocedor del moti­vo de esa embestida a su flanco, la frenó con sólo mostrar un sobre estampado con las armas de la Embajada y pasó. Exhibió el mismo talismán también ante el sirviente que custodiaba la puerta y que se avino a dejarlo pasar al vestíbulo.
Ardía el fuego brillante en una elevada chimenea y un hombre maduro, parado de espaldas al fuego, con traje de etiqueta y una cade-na alrededor de su cuello, miraba por encima del diario que sostenía, desplegado ante su cara severa y tranquila. Este hombre no se movió, pero otro lacayo, de calzones castaños y una casaca ribeteada con finos cordones amarillos, se aproximó a Mr. Verloc, escuchó el susurro de su nombre, giró sobre sus talones en silencio y comenzó a caminar sin volver la mirada ni una sola vez.


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