El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.13
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Sus grandes ojos saltones no estaban bien adaptados a parpadear; más bien eran de los que se cierran con solemnidad en un dormitar de majestuoso efecto. Impertérrito y con el andar de un corpulento cerdo gordo, Mr. Verloc, sin restregarse las manos con satisfacción, ni parpadear escéptico frente a sus pensamientos, siguió su camino. Pisaba el pavimento con pesadez; sus botas brillantes y su aspecto general correspondían al de un mecánico acomodado que anduviera en sus propios negocios. Podría habérselo tomado por cualquier cosa, desde un colocador de cuadros a un cerrajero; un contratista de obra en pequeña escala. Pero de él emanaba un cierto aire indescriptible, que ningún mecánico podría haber adquirido en su oficio, por más deshonesto que fuera al ejercerlo: el aire común a los hombres que viven en el vicio, en la locura o en los más ruines horrores de la humanidad; el aire de nihilismo moral común a los frecuentadores de garitos y de casas inmorales, a los detectives privados y a los pesquisas, a los vendedores de bebida y, yo agregaría, a los vendedores de cinturones eléctricos vigorizantes y a los inventores de tónicos patentados. Pero de esto último no estoy seguro, ya que no llevé mis investigaciones hasta esa profundidad. Por todo lo que sé, la apariencia de estos últimos puede ser perfectamente diabólica y no me sorprendería. Lo que quiero afirmar es que la expresión de Mr. Verloc de ningún modo era diabólica.
Antes de llegar a Knightshridge, Mr. Verloc dobló hacia la izquierda, dejando atrás la transitada calle principal, bulliciosa por el tráfico de bamboleantes omnibuses y coches, para diluirse en el más silencioso y veloz deslizarse de los cabriolés. Bajo su sombrero, que usaba con una ligera inclinación hacia atrás, su pelo había sido cepillado cuidadosamente y con severa lisura. Su meta era una Embajada y Mr. Verloc, firme como una roca un tipo blando de roca avanzaba ahora por una calle que con toda propiedad podría describirse como privada. En su anchura, vaciedad y extensión tenía la imponencia de la naturaleza inorgánica, de lo que nunca muere. El único indicio de finitud era la berlina de un doctor estacionada, augusta y solitaria, cerca del cordón. Los aldabones bruñidos de las puertas centelleaban desde tan lejos como el ojo pudiera alcanzar a verlos, las limpias ventanas brillaban con un lustre oscuro y opaco. Y todo estaba sosegado. Pero un carro de lechero rechinaba, ruidoso, a través de la amplia perspectiva; un repartidor de carne, manejando con la misma temeridad de un corredor en los Juegos Olímpicos, se perdía tras una esquina, sentado muy arriba, por encima de un par de ruedas rojas. Un gato de aspecto culpable surgió por debajo de unas piedras, corrió por un momento delante de Mr.
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