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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.12

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Circulaban carruajes, en su mayoría berlinas de dos caballos, y alguna victoria aquí y allá, tapiza­dos por dentro con la piel de algún animal salvaje y un rostro de mujer y un sombrero emergiendo por encima de la capota plegada. Un pecu­liar sol londinense contra el que no se puede decir nada, excepto que tiene brillos sangrientos glorificaba toda la escena a través de su cara insolente, colgada de una mediana elevación, por encima del Hyde Park Corner, llena de un aire de puntual y benigna vigilancia. Bajo los pies de Mr. Verloc, tenía un tinte de oro viejo esa luz difusa en la que ni paredes, ni árboles, ni animales, ni hombres proyectan sombra. Mr. Verloc marchaba hacia el oeste, a través de una ciudad sin sombras, en medio de una atmósfera de oro viejo polvoriento. Había destellos rojos, cobrizos, en los techos de las casas, en las aristas de las paredes, en los paneles de los coches, en las mismas gualdrapas de los caballos y hasta en la amplia espalda del saco de Mr. Verloc, donde producían el efecto opaco de cosa antigua. Pero Mr. Verloc no estaba para nada consciente de haberse puesto antiguo. Examinaba con ojos aprobatorios, a través de las verjas del parque, los testimonios de la opulencia y el lujo de la ciudad. Toda esa gente tenía que ser protegida. La protección es la primera necesidad de la opulencia y el lujo. Tenían que ser protegidos; y sus caballos, carruajes, casas, servidores, tenían que ser protegidos; y la fuente de su abundancia tenía que ser protegida en el corazón de la ciudad y del país; todo el orden social favorable a esa frivolidad higié­nica tenía que ser protegido de la tonta envidia del trabajo antihigiéni­co. Tenía que ser así y Mr. Verloc se hubiera frotado las manos con satisfacción si no hubiese sido orgánicamente adverso a cualquier esfuerzo superfluo. Su ocio no era higiénico, pero le sentaba muy bien. Era, en cierta medida, devoto de ese ocio, con una especie de fanatismo inerte o tal vez, más bien, con fanática inercia. Nacido de padres in­dustriosos, de vida dedicada al trabajo, había abrazado la indolencia por un impulso tan profundo como inexplicable y tan imperioso como el movimiento que encamina las preferencias del hombre hacia una mujer determinada entre mil. Era demasiado perezoso, aun para ser un simple demagogo, o un enfático orador, o bien un líder gremial. Todo eso era muy problemático. Mr. Verloc exigía una forma de ocio más perfecta; o tal vez pudo haber sido víctima de un descreimiento filosó­fico en la efectividad de cualquier esfuerzo humano. Tal forma de indolencia implica, requiere, una cierta cantidad de inteligencia. Mr. Verloc no estaba desprovisto de inteligencia y ante la noción de un orden social en peligro tal vez se hubiera preguntado, con perplejidad, si no había que hacer un esfuerzo frente a ese signo de escepticismo.


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