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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.9

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Salía tarde y regresaba tem­prano, si es que es temprano las tres o cuatro de la mañana; al desper­tar, a las diez, charlaba con Winnie que le traía la bandeja del desayuno con jocosa, rendida cortesía, con la voz ronca y desfalleciente de quien ha estado hablando con vehemencia durante varias horas consecutivas. Sus ojos saltones, de párpados pesados, giraban amorosos y lánguidos, estiraba la ropa de cama hasta el mentón y su oscuro bigote cuidado cubría sus labios carnosos, hábiles en chanzas dulcificadas. En opinión de la madre de Winnie, Mr. Verloc era un fino caballero. De su expe­riencia vital, recogida en diversas «casas de negocios», la excelente mujer había llevado a su vida de reclusión un ideal de caballerosidad tal como el que exhibían los parroquianos de los salones privados de los bares. Mr. Verloc se aproximaba a ese ideal; en rigor, lo había alcanzado.
-Por supuesto, nos haremos cargo de tus muebles, mamá había aclarado Winnie.
Fue preciso desalojar la casa de huéspedes; parece ser que no hu-bo respuesta al pedido de seguir con ella. Hubiera sido demasiado problema para Mr. Verloc: no hubiera estado en concordancia con sus otros negocios. Nunca dijo cuáles eran sus negocios; pero después de su compromiso con Winnie se tomó el trabajo de levantarse antes de mediodía, bajar las escaleras y entretener a la madre de Winnie en el comedor de la planta baja, donde la señora dejaba transcurrir su inmo­vilidad. Verloc acariciaba al gato, atizaba el fuego, tomaba una ligera comida servida allí para él. Abandonaba ese estrecho rincón cómodo con evidente disgusto, pero aun así permanecía afuera hasta que la noche estaba muy avanzada. Nunca ofreció a Winnie llevarla al teatro, tal como un fino caballero debía haber hecho. Sus noches estaban ocu­padas. En cierta medida, su trabajo era político, le dijo a Winnie una vez. También le advirtió que debía ser muy gentil con sus amigos polí­ticos. Y con su directa, insondable mirada, ella contestó que lo sería, por supuesto.
Para la madre de Winnie fue imposible descubrir qué más dijo él acerca de su actividad. El matrimonio se hizo cargo de ella junto con sus muebles; el aspecto humilde del negocio sorprendió a la señora. El cambio de la plaza Belgravia a la estrecha calle en Soho fue adverso para las piernas de la madre de Winnie: se le hincharon enormemente. Pero, por otra parte, se liberó por completo de las preocupaciones ma­teriales. La poderosa buena naturaleza de su yerno le inspiraba absoluta confianza. El futuro de su hija estaba asegurado, era obvio, e incluso no tenía que experimentar ansiedad por su hijo Stevie. No podía haber­se ocultado a sí misma que era una carga terrible el pobre Stevie.


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