El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.7
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Los dos mecheros de gas, dentro de sus pantallas de vidrio, siempre tenían la llama baja, ya fuera por economía o por consideración a los clientes.
Esos clientes eran hombres muy jóvenes que vacilaban un momento cerca de la ventana antes de deslizarse adentro con rapidez; o bien hombres más maduros, cuya apariencia en general indicaba pobreza. Algunos de los de este tipo llevaban los cuellos de sus sobretodos levantados hasta los bigotes y rastros de barro en las botamangas, que tenían la apariencia de estar muy gastadas y pertenecer a pantalones muy baratos. Las piernas que iban dentro de esos pantalones tam-poco parecían de mucha enjundia. Con las manos bien hundidas en los bolsillos laterales de sus sacos, se escabullían de costado, un hombro hacia adelante, como si temieran que la campanilla empezara a sonar.
La campanilla, colgada de la puerta con un alambre de acero, era difícil de evitar. Estaba rajada sin esperanza, pero de noche, al mínimo roce, sonaba con estrépito por detrás del parroquiano, con virulencia descarada.
Resonaba, y a esa señal, a través de la polvorienta puerta vidriera, por detrás del mostrador pintado, aparecía rápidamente Mr. Verloc, desde el salón de la trastienda. Sus ojos siempre estaban pesados; Mr. Verloc tenía el aspecto de haberse revolcado totalmente vestido, durante todo el día, en una cama deshecha. Otro hombre hubiera pensado que esa apariencia era una notoria desventaja. En un comercio de venta al menudeo tiene mucha importancia el aspecto atractivo y amable del vendedor. Pero Mr. Verloc conocía su negocio y se mantenía incólume frente a cualquier tipo de duda estética acerca de su apariencia. Con descaro firme e imperturbable, hubiera procedido a vender a través del mostrador cualquier objeto que en forma escandalosamente obvia no valiera la plata que se llevaba la transacción: una pequeña caja de cartulina, en apariencia vacía, por ejemplo, o uno de esos endebles envoltorios amarillos, cerrados con esmero, o un volumen sucio, de tapas blandas, con algún título prometedor. Una que otra vez ocurría que una de las descoloridas, amarillas bailarinas se vendía a algún jovencito, como si se tratara de una muchacha viva y joven.
A veces era Mrs. Verloc la que respondía al llamado de la campanilla rajada. Winnie Verloc era una mujer joven de busto prominente, realzado por una blusa entallada, y de caderas anchas. Su cabello estaba siempre muy bien peinado. De ojos cargados, como su marido, conservaba un aire de indiferencia insondable detrás del baluarte del mostrador. Entonces el cliente, por lo general más joven que ella, se sentía de pronto desconcertado por tener que tratar con una mujer, y con fastidio, en el corazón preguntaba por una botella de tinta de mar-car, precio de venta seis peniques (en el negocio de Verloc siete peniques) que, una vez afuera, hubiera volcado a escondidas junto al cordón de la calle.
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