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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.6

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Y no digo esto por alardear. Simplemente atiendo mi negocio. Con el material de todos mis libros siempre he atendido mi negocio. Lo atenderé entre­gándome a él por completo. Y esta aseveración tampoco es alarde. No podría haber obrado de otro modo. Una falsedad me hubiera deprimido demasiado.
Las sugerencias para ciertos personajes del relato, respetuosos de la ley o desdeñosos de ella, vinieron de diversas fuentes que, tal vez, algún lector pudo haber reconocido. No son oscuras en exceso. Pero aquí no me interesa legitimar a alguno de esos personajes, e incluso, para mi criterio general acerca de las reacciones morales entre el cri­minal y la policía, todo lo que me aventuraría a decir es que me pare­cen por lo menos sostenibles.
Los doce años transcurridos desde la publicación del libro no han cambiado mi actitud. No me arrepiento de haberlo escrito. Reciente­mente, circunstancias que nada tienen que ver con el contenido general de este prefacio, me impulsaron a desnudar este relato de sus ropajes literarios de indignado desdén, con que mucho me costó revestirlo años atrás. Me vi forzado, por así decir, a mirar su esqueleto desnudo: es una horrible osamenta, lo confieso. Pero aún me permitiré decir que al relatar la historia de Winnie Verloc hasta su final anarquista de abso­luta desolación, locura y desesperanza, y al contarla como lo he hecho aquí, no he intentado cometer una afrenta gratuita a los sentimientos de la humanidad.
JOSEPH CONRAD
A H. G. Wells, el cronista del amor de
Mr. Lewisham, el biógrafo de Kipps e historiador de los tiempos por venir, está ofrecido con afecto este simple relato del
siglo XIX.
I
Mr. Verloc, al salir por la mañana, dejaba su negocio nominal-mente a cargo de su cuñado. Podía hacerlo porque había poco movi­miento a cualquier hora y prácticamente ninguno antes de la noche. Mr. Verloc se preocupaba bien poco por su actividad visible y, además, era su mujer quien quedaba a cargo de su cuñado.
El negocio era pequeño y también lo era la casa. Era una de esas casas sucias, de ladrillo, de las que había gran cantidad antes de la época de reconstrucción que se abatió sobre Londres. El negocio era cuadrado, con una vidriera al frente, dividida en pequeños paneles rectangulares. Durante el día la puerta permanecía cerrada; por la no­che se mantenía discreta y sospechosamente entreabierta.
En la ventana había fotografías de bailarinas más o menos des­vestidas; paquetes varios envueltos como si fueran específicos medici­nales, envases cerrados de papel amarillo, muy delgado, marcados con el precio de media corona en grandes cifras negras; unos cuantos nú­meros de publicaciones cómicas francesas, colgados de una cuerda como para secarse, un deslustrado recipiente de porcelana azul, una cajita de madera negra, botellas de tinta para marcar y sellos de goma; unos pocos libros con títulos que sugerían poco decoro, unos pocos números de diarios aparentemente viejos y mal impresos, con títulos como La Antorcha, El Gong: títulos vehementes.


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