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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.5

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Las figuras agrupadas alrededor de Mrs. Verloc y relacionadas directa o indirectamente con su trágica sospecha de que «la vida no resiste una mirada profunda», son el resultado de esa real necesidad. En forma personal nunca dudé de la realidad de la his­toria de Mrs. Verloc, pero había que desprenderla de su oscuridad en esa inmensa ciudad, hacerla creíble. Y no me refiero tanto a su alma cuanto a sus circunstancias, no aludo tanto a su psicología cuanto a su humanidad. Para las circunstancias no faltaban sugestiones. Tuve que pelear duro para mantener a distancia prudencial los recuerdos de mis paseos solitarios y nocturnos por todo Londres, en mi juventud, para que no se abalanzaran abrumadores en cada página de la historia, ya que emergían, uno tras otro, dentro de mi estilo de sentir y de pensar, tan serio como cualquier otro que haya campeado en cada línea escrita por mí. En este sentido pienso, en realidad, que El agente secreto es un genuino producto de elaboración. Incluso el objetivo artístico puro, el de aplicar un método irónico a un tema de esta índole, fue formulado con deliberación y en la creencia fervorosa de que sólo el tratamiento irónico me capacitaría para decir todo lo que sentía que debía decir, con desdén y con piedad. Una de las satisfacciones menores de mi vida de escritor es la de haber asumido esa resolución y haber logrado, me parece, llevarla hasta el fin. También con los personajes aquellos a quienes la absoluta necesidad del caso- el de Mrs. Verloc- pone de relieve dentro del conjunto de Londres, también con ellos alcancé esas pequeñas satisfacciones que tanto cuentan en la realidad frente al cú­mulo de dudas oprimentes que rondan con persistencia todo intento de trabajo creativo. Por ejemplo, con Mr. Vladimir mismo, que era per­fecto partido para una presentación caricaturesca, me sentí, gratificado cuando escuché decir a un experimentado hombre de mundo: «Conrad debe haber tenido relación con ese mundo o por lo menos tiene una excelente intuición de las cosas», porque Mr. Vladimir era no sólo posible en los detalles, sino, justamente, en lo esencial. Luego, un visitante llegado de América me contó que toda clase de refugiados en Nueva York sostenían que el libro había sido escrito por alguien que los conocía mucho. Éste me pareció un alto cumplido considerando que, de hecho, los he conocido menos que aquel omnisciente amigo que me dio la primera sugerencia para la novela. No dudo, sin embar­go, que hubo momentos, mientras escribía el libro, en los que yo era un total revolucionario, no diré más convencido que ellos, pero cierta­mente alimentando un objetivo más concentrado que el de cada uno de ellos haya abrigado en el transcurso íntegro de su vida.


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