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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.4

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Creo que por entonces lo era Sir William Harcourt. El minis­tro estaba muy irritado y el policía se mostraba apologético. De las tres frases que intercambiaron, lo que más me llamó la atención fue el airado arranque de Sir W. Harcourt: « todo esto está muy bien. Pero su idea de la reserva acerca de ellos parece consistir en mantener al Mi­nistro del Interior en la oscuridad». Buena caracterización del tempe­ramento de Sir W. Harcourt, pero no mucho más; aunque debe haber habido una cierta atmósfera en todo el incidente porque de inmediato me sentí estimulado. Y en mi mente sobrevino lo que un estudiante de química entendería muy bien comparándolo con la adición de una diminutísima gota del elemento pertinente, que precipita el proceso de cristalización en un tubo de ensayo lleno de alguna solución incolora.
Primero experimenté un cambio mental que removió mi imagina­ción aquietada, en la que formas extrañas, bien delineadas en sus con­tornos, pero imperfectamente aprehendidas, aparecieron exigiendo atención, como los cristales lo harían con sus formas caprichosas e inesperadas. A partir de ese fenómeno comencé a meditar, incluso acerca del pasado: acerca de Sudamérica, un continente de crudo sol y brutales revoluciones; acerca del mar, vasta extensión de aguas saladas, espejo de los enojos y sonrisas del cielo, reflector de la luz del mundo. Luego surgió la visión de una enorme ciudad, de una monstruosa ciu­dad, más populosa que algunos continentes, indiferente a los enojos y sonrisas del cielo en sus obras; una cruel devoradora de la luz del mun­do. Había allí lugar suficiente para desarrollar cualquier historia, pro­fundidad suficiente para cualquier pasión, suficiente variedad para un marco ambiental, oscuridad suficiente para sepultar cinco millones de vidas.
Irresistible, la ciudad se convirtió en el entorno para el siguiente período de profundas meditaciones tentativas. Panoramas sin fin se me abrieron en diversas direcciones. ¡Hubiera llevado años encontrar el camino correcto! ¡Parecía que iba a llevar años!... Con lentitud el vis­lumbrado convencimiento de la pasión paternal de Mrs. Verloc creció como una llama entre mi persona y ese entorno, tiñéndolo con su se­creto ardor y recibiendo, a cambio, algo del sombrío colorido ambien­tal. Por fin la historia de Winnie Verloc se irguió completa desde los días de su infancia hasta el desenlace, desproporcionada todavía, con todos sus elementos aun en el plano focal, como estaba; pero lista ahora para ser abordada. Fue trabajo de unos tres días.
Este libro es esa historia, reducida a proporciones lógicas, con to-do su transcurso sugerido y centrado alrededor de la absurda crueldad de la explosión del Greenwich Park. Tuve allí una labor no precisa­mente ardua, pero sí de absorbente dificultad. Con todo, había que hacerla. Era una necesidad.


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