El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.3
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De inmediato, pasando a instancias particulares, recordamos la ya vieja historia del intento de volar el Observatorio de Greenwich: hecho tan vacuo y sanguinario que es imposible rastrear su origen mediante un proceso de pensamiento racional o irracional. Porque también la sinrazón tiene sus propios procesos lógicos. Pero este atropello no podría comprenderse por ninguna vía racional y así nos quedamos enfrentados con la realidad de un hombre hecho añicos, en aras de algo que ni remotamente se parece a una idea, ya sea anarquista o de otro tipo. En cuanto a la pared exterior del Observatorio, no mostró mucho más que una débil grieta.
Le hice notar todo esto a mi amigo, que permaneció en silencio por un rato y luego anotó con su característico modo casual y omnisciente: «Oh, ese tipo era medio imbécil. Su hermana se suicidó poco después» Estas fueron las únicas palabras que intercambiamos; para mi máxima sorpresa, luego de esa inesperada muestra de información, que me dejó mudo por un instante, él siguió hablando de algún otro tema. Nunca se me ocurrió después preguntarle cómo había llegado a conocer esos datos. Estoy seguro de que si él llegó a ver alguna vez en su vida la espalda de un anarquista, ésa debe haber sido su única conexión con el mundo del hampa. No obstante, mi amigo era una persona que gustaba hablar con todo tipo de gente y pudo haber recogido esos datos esclarecedores de segunda o tercera mano, de un barrendero que pasaba, de un oficial de policía retirado, de algún asiduo de su club o incluso, tal vez, de algún ministro de Estado con quien se haya visto en una recepción pública o privada.
De todos modos, sobre la categoría de esclarecedores no puede haber ninguna duda. Era como caminar desde un bosque hacia una llanura: no había mucho para ver pero sí había muchísima luz. No, no había mucho para ver y, francamente, por un rato considerable no logré percibir nada. Quedaba tan sólo la impresión de luminosidad, la cual, a pesar de su calidad satisfactoria, era pasiva. Más tarde, después de una semana, me encontré con un libro que, hasta donde yo sé, no ha obtenido nunca éxito: las muy escuetas memorias de un auxiliar de comisario de policía, un hombre de obvia competencia, con una fuerte impronta religiosa en su carácter, que llegó a ese cargo en la época de los atentados dinamiteros en Londres, por los años ‘80. El libro era bastante interesante, muy discreto, por supuesto; he olvidado en este momento el conjunto de su contenido. No incluía revelaciones, rozaba la superficie agradablemente y eso era todo. No trataré siquiera de explicar por qué me sentía atraído por un corto pasaje de unos siete renglones, en el que el autor (creo que su nombre era Anderson) reprodujo un breve diálogo mantenido en un pasillo de la Cámara de los Comunes, después de un imprevisto atentado anarquista, con el Secretario del Interior.
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