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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.2

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Esto lo admito en su totalidad. Pero nunca entró en mi cabeza la idea de elaborar mera perversidad con el fin de conmover
o incluso sólo de sorprender a mis lectores con un cambio de frente. Al hacer esta declaración espero ser creído, no por la sola evidencia de mi carácter, sino porque, como cualquiera puede verlo, todo el tratamiento del relato, la indignación que la alienta, la piedad y el desprecio subya­centes prueban mi separación de la suciedad y la sordidez: la suciedad y la sordidez son nada más que las circunstancias externas del medio ambiente.
El inicio de la escritura de El agente secreto fue inmediato a un período de dos años de intensa absorción en aquella remota novela Nostromo, con su distante atmósfera latinoamericana, y la profunda-mente personal Mirror of the Sea. La primera, una intensa acometida creativa sobre la que supongo que siempre se fundamentará mi elabo­ración más amplia; la segunda, un esfuerzo sin restricciones para de-velar, por un momento, las profundas intimidades del mar y las in­fluencias formativas de mi cercana primera mitad de vida. También fue un período en que mi sentido de la veracidad de las cosas estaba acom­pañado por una muy intensa disposición imaginativa y emocional que, por genuina y fiel a los hechos que fuese, me hacía sentir, una vez cumplida la tarea, como si me hubiese perdido en ella, a la deriva entre cáscaras vacías de sensaciones, extraviado en un mundo de distinta, de inferior valía.
No sé si en realidad experimenté que quería un cambio, cambio en mi imaginación, en mi visión y en mi actitud mental. Pienso más bien que ya se había introducido en mí, impremeditado, un cambio en mi postura anímica fundamental. No recuerdo si pasó algo definitivo. Con Mirror of the Sea, terminada en la total conciencia de que me había entendido honestamente conmigo mismo y con mis lectores en cada línea de ese libro, me entregué a una pausa no desdichada. Des­pués, mientras todavía estaba en ella, por así decir, y por cierto no pensaba salirme de mi modo de ver la perversidad, el tema de El agente secreto-quiero decir la anécdota- se me impuso a través de unas pocas palabras, pronunciadas por un amigo, durante una conver­sación acerca de la anarquía o, más bien, las actividades anarquistas; no recuerdo ahora cómo surgió la cosa.
Recuerdo, sin embargo, que subrayamos la criminal futileza del asunto, doctrina, accionar y mentalidad y el despreciable aspecto de esa alocada posición, considerándola un descarado fraude que explota las punzantes miserias y apasionadas credulidades de una humanidad siempre tan anhelosa de autodestrucción. Esto es lo que hizo para mí tan imperdonables las pretensiones filosóficas de esa doctrina.


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