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El agente secreto (Joseph Conrad)

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EL AGENTE SECRETO
JOSEPH CONRAD

PREFACIO DEL AUTOR
El origen de El agente secreto, tema, tratamiento, intención artís­tica y todo otro motivo que pueda inducir a un escritor a asumir su tarea, puede delinearse, creo yo, dentro de un período de reacción mental y emotiva.
El hecho es que comencé este libro impulsivamente y lo escribí sin interrupciones. En su momento, cuando estuvo impreso y sometido a la crítica de los lectores, fui hallado culpable de haberlo escrito. Al­gunas imputaciones fueron severas, otras incluían una nota angustiosa. No las tengo prolijamente presentes, pero recuerdo con nitidez el senti-do general, que era bien simple, y también recuerdo mi sorpresa por la índole de las acusaciones. ¡Todo esto me suena ahora a historia anti­gua! Y sin embargo ocurrió hace no demasiado tiempo. Debo concluir que en el año 1907 yo conservaba aun mucho de mi prístina inocencia. Ahora pienso que incluso una persona ingenua pudría haber sospecha­do que algunas críticas surgían de la suciedad moral y sordidez del relato.
Por supuesto ésta es una seria objeción. Pero no fue general. De hecho, parece ingrato recordar tan diminuto reproche entre las muchas apreciaciones inteligentes y de simpatía. Confío en que los lectores de este prefacio no se apresurarán a rotular esta actitud como vanidad herida o natural disposición a la ingratitud. Sugiero que un corazón caritativo bien podría atribuir mi elección a natural modestia. Con todo, no es estricta modestia lo que me hace seleccionar ese reproche para la ilustración de mi caso. No, no es modestia exactamente. No estoy nada seguro de ser modesto; pero los que hayan leído hondo en mi obra, me adjudicarán la suficiente dosis de decencia, tacto, savoir faire, y todo lo que se quiera, como para precaverme de cantar mi propia alabanza, más allá de las palabras de otras personas. ¡No! El verdadero motivo de mi selección estriba en muy distinta cualidad. Siempre fui propenso a justificar mis acciones, no a defenderlas. A justificarlas; no a insistir en que tenía razón, sino explicar que no había intención perversa ni desdén secreto hacia la sensibilidad natural de los hombres en el fondo de mis impulsos.
Este tipo de debilidad es peligroso sólo en la medida en que lo expone a uno al riesgo de convertirse en un pesado; porque el mundo, en general, no está interesado en los motivos de cualquier acto hostil, sino en sus consecuencias. El hombre puede sonreír y sonreír, pero no es un animal investigador: gusta de lo obvio, huye de las explicaciones. A pesar de todo seguiré adelante con la tarea. Era evidente que yo no tendría por qué haber escrito este libro. No estaba bajo el imperativo de habérmelas con este tema; y uso la palabra tema en el sentido de relato en sí mismo y en el más amplio de una especial manifestación en la vida del hombre.


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