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San Camilo 1936 (Camilo Jose Cela) - pág.179

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Ayer fue día de descanso en la vuelta ciclista a Francia según dice el periódico, los corredores abordarán las duras etapas pirenaicas con redobladas energías, esto del ciclismo tiene que ser un deporte ago­tador, lo raro es que no acaben todos tísicos y echando sangre por la boca. Dominica Morcillo va a visitar a don Olegario, le traigo a usted un melón, no es muy grande pero parece maduro, muchas gracias, usted siempre tan amable y tan generosa, ¡ya ve!, Dominica se queda mirando para una pistola que hay encima de la mesa, ¿usted también?, yo tam­bién qué, ¿por qué lo dice?, ¡hombre, usted verá por qué va a ser!, por ese cachorrillo que tiene usted ahí, ¡ah!, no le dé importancia, es un rega­lo de la Chonina, usted me trae un melón, ella una pistola... y así voy viviendo y nunca peor, a mí las mujeres siempre se me dieron muy bien, don Olegario sonríe y guarda la pistola en el cajón, no se asuste, está descargada, la verdad es que a mí no me hace maldita la falta, yo creo que me servirá para los inventos, ¡puede!, Dominica se sienta en la silla donde estaba la pistola, ¿se acuerda usted de aquella sortija que tengo empeñada?, sí que me acuerdo, ¿por qué?, pues porque dentro de poco la voy a llevar otra vez en este dedo que se ha de comer la tierra, ¡vaya, que sea enhorabuena!, ¿y eso?, pues que devuelven todo lo que está empeñado, ¿está usted segura?, claro que lo estoy, se lo he oído a la Marujita la Sargenta la de la casquería, se lo estaba diciendo a una cuen­ta que no sé quién es, bueno pues me alegro, ojalá sea verdad, ¡menudo postín se va a dar usted, no va a haber quién le hable! Dámaso Rioja no sabe lo de la muerte de Andrés Herrera, ¡no es posible!, desde el fallec­imiento de la madre Dámaso Rioja se ha vuelto muy escéptico y descon­fiado, ¡vaya si es posible!, está en el depósito de cadáveres, Andrés esta­ba disparando desde un tejado le pegaron un tiro y ¡zas! se fue de cabeza, ¿como Garcilaso?, eso es, lo mismo que Garcilaso, a él le hubiera gusta­do saber que había de morir así, por el aire seguramente se acordó de Garcilaso, bueno a lo mejor por el aire iba ya muerto, a Dámaso le impre­siona mucho la noticia, ¿has visto a Adelita?, no, bueno sí, Adelita está también en el depósito, murieron juntos, cuando se hace un silencio los españoles dicen que pasa un ángel, los ingleses no, los ingleses dicen que nace un pobre, don León no ha ido a la notaría, don Feliciano ha desa­parecido, nadie sabe dónde está y el oficial mayor les ha dicho a todos los empleados que no vayan por el despacho hasta nuevo aviso, a don León y a Dámaso los cuida una vieja criada, la Eusebia, que tutea a Dámaso y a todos sus amigos, ¿queréis café?, sí, la Eusebia gobierna el hogar de los Rioja con mano dura, a raíz de la prolongada enfermedad de doña Matilde la Eusebia fue cobrando poder, cada día más poder, y si la casa funciona es gracias a ella, todo hay que decirlo, la Eusebia prodiga los cafés pero regatea el azúcar, ¡venga, ya tenéis bastante!, a la Eusebia le gusta mucho el café sin azúcar, toma lo menos seis u ocho cafés diar­ios sin azúcar, don León anda por la casa como un alma en pena, sin Matilde, sin notaría y sin atreverse a salir a la calle don León no sabe lo que hacer, don León escucha la radio, lía pitillos, pasea de arriba para abajo y lee a Galdós, ahora está metido con El equipaje del rey José, ¡este Pepe Botella era un desgraciado!, don León se reúne con Dámaso y con­tigo, ¿qué hay por la calle?, pues ya usted lo ve, desbarajuste y entusi­asmo, si el entusiasmo pudiera mantenerse y el desbarajuste se fuera apagando poco a poco a lo mejor se arreglaba el país, no creo pero en fin, ¡cosas más raras se han visto!, la Eusebia trae dos cafés y don León se la queda mirando, ¿y yo?, a usted le sienta mal el café, después no duerme, ya se tomó uno esta mañana y bien cargado, si quiere le traigo un vasito de vino, don León se conforma, la verdad es que tampoco le queda otro remedio, bueno tráeme un vasito de vino, Dámaso habla con el padre, ¿te acuerdas de Andrés Herrera, aquel amigo mío que jugaba al rugby?, ¿un chico alto estudiante de derecho?, el mismo, sí que me acuerdo, ¿qué le pasa?, pues que lo mataron en el cuartel de la Montaña, ¡qué horror, pobre muchacho!, ¡también fue ocurrencia la suya!, ¿quién le mandó meterse en el cuartel de la Montaña?, no, no se metió en el cuartel de la Montaña, no lo mataron dentro, lo mataron fuera, estaba entre los asaltantes, ¡vaya por Dios!, ¿tenía familia en Madrid?, no, el padre es militar y está destinado no sé donde, don León guarda silencio y Dámaso y tú también permanecéis callados, la verdad es que tampoco tenéis nada que decir, se conoce que pasa otro ángel volando, quizá los ángeles estén desorientados con tanto trajín y tanta incertidumbre, por el pasillo se oye el casi gimnástico pisar de la Eusebia que viene con el vaso de vino de don León, le traigo también unas avellanas, hasta la hora del almuerzo se cierra el ambigú, don León bebe un sorbo de vino, ¡qué bestia es esta mujer!, en fin otras ventajas tiene, Dámaso no recuerda ni a Pío García ni a Lorenzo Sosa, de quienes no me acuerdo es de esos otros dos, no caigo, ya caerás los has visto conmigo más de una vez.


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