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San Camilo 1936 (Camilo Jose Cela) - pág.43

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.. pues verá usted, yo iba tranquilamente por la calle cuando se encontraron dos grupitos... ¿dos grupitos?, sí señor dos grupitos como de diez o doce per­sonas cada uno, bien, siga, pues eso yo iba tranquilamente por la calle cuando se encontraron dos grupitos, se liaron a golpes y a mí que se conoce que me quedé en medio, me brearon, ¡qué tíos, qué forma de tirar coces!, pero bueno vamos a ver, ¿usted oyó los disparos?, ¿qué dis-paros?, hombre, no sé, ¡supongo que no serían los de la guerra de Manila!, pues no señor, yo no oí ningún disparo, allí no hubo más que golpes eso sí muchos golpes, pero bueno, dígame una cosa, ¿dónde fue el suceso?, pues en la plaza de Santa Ana ¿no le digo?, ¿dónde quería usted que fuese?, el redactor del Heraldo vuelve la espalda a Miguel Mercader, ¿hay quien lo entienda?, las cosas no son de entender son de creer y cuando uno tiene la cabeza abierta y se sujeta la sangre con un pañuelo cree en casi todo otro periodista habla con otro herido, con el señor Fernán Cruz o Fernández Cruz, no consta el nombre y el apellido está medio confuso, soy de La Voz, ¿qué puede usted decirnos del aten­tado, pues verá, serían las nueve de la noche, eso, las nueve o las nueve y diez de la noche cuando subí en la glorieta de Bilbao a un 18, Obelisco-Sol, que por cierto tardó bastante en llegar a Fuencarral esquina a Augusto Figueroa, tardó un horror, y allí fui y me apeé, al pasar junto a la capilla me descubrí, yo tengo por costumbre des­cubrirme cuando paso ante una iglesia, y me quedé mirando fijamente a un viejo cuya actitud me extrañó porque estaba de rodillas en medio de la calle santiguándose y haciendo unos gestos muy grotescos y exagera­dos, a lo mejor es que no iba bien de la cabeza, ¿me da usted fuego por favor?, sí, muchas gracias, pues eso, al entrar en Augusto Figueroa según se vuelve la esquina de la capilla vi venir a un teniente de guardias de asalto, joven, con gafas y bigotito, que cruzaba la calle, no había lle­gado al medio de la calle cuando se le echaron encima cuatro o cinco individuos, no puedo determinar el número exactamente, y uno gritó, ¡ése es, ése es, tírale!, entonces se produjo un terrible tiroteo, zas, zas, balas por todas partes, y el teniente dando traspiés se me cayó encima y me derribó también, yo me hice una herida en el codo, ahora me la han curado, quise levantarme y al notar que había perdido las gafas las busqué y encontré unas mismo junto al cadáver, bueno, el agonizante, me las puse ¡y menudo susto!, ¡no veía!, yo pensé que estaba mareado de la impresión pero no lo que pasaba es que las gafas no eran mías, eran del teniente, un transeúnte me dio otras gafas y ésas sí que eran las mías, me las puse y entonces se me acercó un joven, don Félix Terán, también herido y entre los dos metimos a la víctima en un auto que por allí pasaba y lo trajimos al equipo quirúrgico, ¿me da usted fuego?, se me ha apagado el pitillo no puedo recordar el aspecto de los agresores, si iban bien vestidos o mal, si eran jóvenes o viejos, estaba muy nervioso y fue todo muy rápido, y lo siento con toda mi alma porque esto de matar a la gente por la calle es una verdadera iniquidad, ¡esta visión no se bor­rará fácilmente de mi memoria!, el redactor de La Voz se guarda las cuar­tillas en el bolsillo y sale disparado, en el equipo quirúrgico atienden aun cuarto herido, José Luis Álvarez, de dieciocho años de edad, con domicilio en Malasaña 29, dependiente de farmacia, que presenta una herida de arma de fuego en la cara posterior del muslo izquierdo, con fractura conminuta del fémur, sin orificio de salida, pronóstico grave, a Miguel Mercader le lavan la herida con un desinfectante le dan tres pun­tos de sutura y le ponen una venda todo alrededor, usted libró con suerte, pues sí a lo que veo sí, el teniente murió por el camino, llegó muerto al equipo quirúrgico, sus últimas palabras se las dijo a Fernández Cruz y a Terán mientras iba en el automóvil, llévenme a casa con mi mujer, el teniente Castillo se había casado hace un mes, los doc­tores Moreno Butragueño y Tamames se lo encontraron ya muerto, el cuerpo del teniente Castillo presentaba una herida de arma de fuego con orificio de entrada por la cara posterior del brazo izquierdo, tercio inferi­or, y salida por la cara anterior, con fractura conminuta del húmero, y otra, también de arma de fuego, con entrada por el quinto espacio inter­costal y sin orificio de salida, mortal de necesidad, mientras los médicos reconocían el cadáver se presentaron en el equipo quirúrgico el director general de Seguridad señor Alonso Mallol, el coronel Sánchez Plaza jefe de las fuerzas de asalto, el comisario de policía don Antonio Lino y numerosos compañeros del infortunado oficial, tú te encontraste con Miguel Mercader en la calle de Preciados, ¿qué te pasa?, nada, que me brearon a golpes, ¿no lo ves?, pero ¿te has metido en algún lío?, no, yo no, me metieron, que no es lo mismo, yo iba tranquilamente por la calle por la plaza de Santa Ana sin meterme con nadie cuando se encontraron dos grupitos, se liaron a golpes, y a mí que se conoce que me quedé en medio, me brearon, ya lo ves, me han cosido en el equipo quirúrgico, ¡menudo revuelo hay en el equipo quirúrgico!, mataron a un teniente de guardias de asalto e hirieron de paso a media docena de transeúntes, ¿en la plaza de Santa Ana?, no por lo visto fue en la calle de Fuencarral, ¡ya estamos como en México!, no, estamos peor, estamos como en Chicago, ¡qué barbaridad!, en fin, te invito a un coñac para que se te pase el susto, en el fondo tuviste suerte, ¡hombre según como se mire!, ¡más suerte tuviste tú!, sí, eso también es verdad, Miguel Mercader y tú os metéis en el café de Levante, ahí al lado mataron a tiros a don José Canalejas, bueno no habíamos nacido ni tú ni yo, la gente os mira pero no demasi­ado tú pensabas que os mirarían más, ¿y Toisha?, bien, acabo de dejar­la en su casa, ¿sigue tan guapa como siempre?, pues sí, eso no se le quita en un día.


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