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San Camilo 1936 (Camilo Jose Cela) - pág.32

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o veintidós años, todo un hombre, las hermanas ni lo recuerdan, es lo más natural porque tenían dos y tres añitos cuando el suceso, al señor Asterio a veces le llamas el señor Ricardo, mira que es manía ésta de con­fundir los nombres de las personas!, ¿habéis ido a misa?, sí madre, a ver, ¿de qué color tenía la casulla el cura? ¿la casulla?, pues claro que la casulla, ¡no va a ser la camiseta!, a ver, ¿de qué color era?, blanca madre, bueno, ¡venga a tomar la medicina, que ya saco la paella!, la Lupita y la Juan¡ toman tricalcine y ferroquina Bisleri pero no se les nota, cada día están más escurridas y con más ojeras, la Lupita y la Juan¡ sin que lo sepa la familia también toman Pilules Orientales, a ellas les gustaría tener las tetas algo más grandes, tampoco demasiado, ¡venga!, ¡a comer, que parecéis dos sardinas arenques!, sí madre, la Lupita y la Juan¡ después de comer hacen una hora de reposo y cuando se levantan se arreglan la cara un poco, se ponen lo más limpitas que pueden (se pin-tan la boca y algo los ojos en la escalera o en el portal) y se echan a la calle, a meterse mano y a darse el filete, hasta la hora de la cena, conti­go o con cualquier otro aficionado a lotes y magreos, los domingos sue-len ir a Stambul o al Ideal Rosales a echar un baile y a dejarse invitar a un refresco, si hay suerte. El paladar le pica a cualquiera y en la memo­ria cualquiera tiene como viciosas lagunas, obsérvate bien (puede decírsele a cualquiera), la necesidad de cometer un asesinato se siente en el paladar en un picorcillo pegajoso y caliente que se posa en el pal­adar y se va extendiendo después por la lengua, por las encías y por toda la boca, los vacíos de la memoria no pueden tupirse de recuerdos porque los recuerdos huyen para dar paso a la sangre que vas a verter, a la san­gre que ha de servir de bálsamo a tu picor, te imaginas que estás con­fundido pero no, no estás confundido, cualquiera puede estar confundi­do pero tú no, pudiera ser que estuvieses confundido pero no, no está confundido, para eso hace falta suerte, mucha suerte, y ese picor lo has notado ya más de una vez aunque no con tanta fuerza como ahora, quizá no estés todavía maduro (ni histórico ni mesiánico, es igual), mejor, si el que manda adivina que te acomete el picorcillo la cosa ya no tiene reme­dio, te llama aparte te pone una mano en el hombro te mira con fijeza te habla con muy opaca voz de complicidad te sonríe paternal o confianzu­damente (ambas formas son eficaces) y ya está, a las pocas horas te has convertido en un asesino (histórico o mesiánico, es igual), no pudiste evi­tarlo y hasta estás orgulloso de serlo, el picorcillo es ya como una mon­eda oxidada, te laten las sienes, y el sexo desde la flaccidez hasta la erec­ción gratuitas pasa por todos sus estados alternativamente, sientes deseos de orinar pero te da miedo ir hasta el urinario, el estupor llega más tarde, después de la primera meada, y al final el pavor te zarandea y te induce a la huida y a seguir matando (o deseando matar) por dond­equiera que pases.


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