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La familia de Pascual Duarte (Camilo Jose Cela) - pág.70

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El tren tardó en llegar, tardó muchas horas. Extraño estoy de que un hombre que tenla en el cuerpo tantas horas de espera notase con impaciencia tal un retraso de hora más, hora menos, pero lo cierto es que así ocurría, que me impacientaba, que me descomponía el aguardar como si algún importante negocio me comiese los tiempos. Anduve por la estación, fui a la cantina, paseé por un campo que había contiguo... Nada; el tren no llegaba, el tren no asomaba todavía, lejano como aún andaba por el retraso. Me acordaba del penal, que se veía allá lejos, por detrás del edificio de la estación; parecía desierto, pero estaba lleno hasta los bordes, guardador de un montón de desgraciados con cuyas vidas se podían llenar tantos cientos de páginas como ellos eran. Me acordaba del director, de la última vez que le vi; era un viejecito calvo, con un bigote cano, y unos ojos azules como el cielo; se llamaba don Contado. Yo le quería como a un padre, le estaba agradecido de las muchas palabras de consuelo que -en tantas ocasiones- para mí tuviera. La última vez que le vi fue en su despacho, adonde me mandó llamar.
-¿Da su permiso, don Contado?
-Pasa, hijo.
Su voz estaba ya cascada por los años y por los achaques, y cuando nos llamaba hijos parecía como si se le enterneciera más todavía, como si le temblara al pasar por los labios. Me mandó sentar al otro lado de la mesa; me alargó la tabaquera, grande, de piel de cabra; sacó un librito de papel de fumar que me ofreció también.
-¿Un pitillo?
-Gracias, don Contado.
Don Contado se rió.
-Para hablar contigo lo mejor es mucho humo. ¡Así se te ve menos esa cara tan fea que tienes!
Soltó la carcajada, una carcajada que al final se mezcló con un golpe de tos, con un golpe de tos que le duró hasta sofocarlo, hasta dejarlo abotargado y rojo como un tomate. Echó mano de un cajón y sacó dos copas y una botella de coñac. Yo me sobresalté; siempre me había tratado bien -cierto es-, pero nunca como aquel día.
-¿Qué pasa, don Conrado?
-Nada, hijo, nada... ¡Anda, bebe..., por tu libertad!
Volvió a acometerle la tos. Yo iba a preguntar:
-¿Por mi libertad?
Pero él me hacía señas con la mano para que no dijese nada.


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