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La familia de Pascual Duarte (Camilo Jose Cela) - pág.48

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Yo algunas veces me quedaba mirando como un inocente para Pascualillo, y los ojos a los pocos minutos se me ponían arrasados por las lágrimas; le hablaba.
-Pascual, hijo...
Y él me miraba con sus redondos ojos y me sonreía. Mi mujer volvía a intervenir.
-Pascual, bien se nos cría el niño. -Bien, Lola. ¡Ojalá siga así!
-¿Por qué lo dices?
-Ya ves. ¡Las criaturas son tan delicadas! -¡Hombre, no seas mal pensado!
-No; mal pensado, no... ¡Hemos de tener mucho cuidado! -Mucho.
-Y evitar que se nos resfríe.
-Sí... ¡Podría ser su muerte!
-Los niños mueren de resfriado...
-¡Algún mal aire!
La conversación iba muriendo poco a poco, como los pájaros o como las flores, con la misma dulzura y lentitud con las que, poco a poco también, mueren los niños, los niños atravesados por algún mal aire traidor...
-Estoy como espantada, Pascual.
-¿De qué? -¡Mira que si se nos va! -¡Mujer! -¡Son tan tiernas las criaturas a esta edad! -Nuestro hijo bien hermoso está, con sus carnes rosadas y su risa siempre en la
boca.
-Cierto es, Pascual. ¡Soy tonta!
Y se reía, toda nerviosa, abrazando al hijo contra su pecho.
-¡Oye!
-¡Qué!
-¿De qué murió el hijo de la Carmen?
-¿Y a ti que más te da?
-¡Hombre! Por saber...
-Dicen que murió de moquillo.
-¿Por algún mal aire?
-Parece.
-¡Pobre Carmen, con lo contenta que andaba con el hijo! La misma carita de cielo
del padre -decía-, ¿te acuerdas?
- Sí, me acuerdo.-Contra más ilusión se hace una, parece como si más apuro hubiese por hacérnoslo
perder... -Sí. -Debería saberse cuánto había de durarnos cada hijo, que lo llevasen escrito en la
frente... -¡Calla! -¿Por qué? -¡No puedo oírte! Un golpe de azada en la cabeza no me hubiera dejado en aquel momento más
aplanado que las palabras de Lola. -¿Has oído? -¡Qué! -La ventana. -¿La ventana? -Sí; chirría como si quisiera atravesarla algún aire... El chirriar de la ventana, mecida por el aire, se fue a confundir con una queja. -¿Duerme el niño? -Sí. -Parece como que sueña. -No lo oigo. -Y que se lamenta como si tuviera algún mal... -¡Aprensiones! -¡Dios te oiga! Me dejaría sacar los ojos... En la alcoba, el quejido del niño semejaba el llanto de las encinas pasadas por el


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