La familia de Pascual Duarte (Camilo Jose Cela) - pág.47
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Yo me pasaba largas horas sentado a los pies de la cama. Lola me decía, muy bajo, como ruborizada:
-Ya te he dado uno...
-Sí.
-Y bien hermoso...
-Gracias a Dios.
Ahora hay que tener cuidado con él.
-Sí, ahora es cuando hay que tener cuidado.
-De los cerdos...
El recuerdo de mi pobre hermano Mario me asaltaba; si yo tuviera un hijo con la desgracia de Mario, lo ahogaría para privarle de sufrir.
-Sí; de los cerdos...
-Y de las fiebres también.
-Sí.
-Y de las insolaciones...
-Sí; también de las insolaciones...
El pensar que aquel tierno pedazo de carne que era mi hijo, a tales peligros había de estar sujeto, me ponía las carnes de gallina.
-Le pondremos vacuna.
-Cuando sea mayorcito...
-Y lo llevaremos siempre calzado, porque no se corte los pies.
-Y cuando tenga siete añitos lo mandaremos a la escuela...
-Y yo le enseñaré a cazar...
Lola se reía, ¡era feliz! Yo también me sentía feliz, ¿por qué no decirlo?, viéndola a ella, hermosa como pocas, con un hijo en el brazo como una santa María.
-¡Haremos de él un hombre de provecho!
¡Qué ajenos estábamos los dos a que Dios -que todo lo dispone para la buena marcha de los universos-nos lo había de quitar! Nuestra ilusión, todo nuestro bien, nuestra fortuna entera, que era nuestro hijo, habíamos de acabar perdiéndolo aun antes de poder probar a encarrilarlo. ¡Misterios de los afectos, que se tíos van cuando más falta nos hacen!
Sin encontrar una causa que lo justificase, aquel gozar en la contemplación del niño me daba muy mala espina. Siempre tuve muy buen ojo para la desgracia -no sé si para mi bien o si para mi mal- y aquel presentimiento, como todos, fue a confirmarse
al rodar de los meses como para seguir redondeando mi desdicha, esa desdicha que nunca parecía acabar de redondearse.
Mi mujer seguía hablándome del hijo.
-Bien se nos cría..., parece un rollito de manteca.
Y aquel hablar y más hablar de la criatura hacía que poco a poco se me fuera volviendo odiosa; nos iba a abandonar, a dejar hundidos en la desesperanza más ruin, a deshabitarnos como esos cortijos arruinados de los que se apoderan las zarzas y las ortigas, los sapos y los lagartos, y yo lo sabía, estaba seguro de ello, sugestionado de su fatalidad, cierto de que más tarde o más temprano tenía que suceder, y esa certeza de no poder oponerme a lo que el instinto me decía, me ponía los genios en una tensión que me los forzaba.
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