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La familia de Pascual Duarte (Camilo Jose Cela) - pág.28

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Odiarla, lo que se dice llegar a odiarla, tardé algún tiempo -que ni el amor ni el odio fueran cosa de un día- y si apuntara hacia los días de la muerte de Mario pudiera ser que no errara en muchas fechas sobre su aparición.
A la criatura hubimos de secarle las carnes con unas hilas de lino por evitar que fuera demasiado grasiento al Juicio, y de prepararlo bien vestido con unos percales que por la casa había, con unas alpargatas que me acerqué hasta el pueblo para buscar, con su corbatita de la color de la malva hecha una lazada sobre la garganta como una mariposa que en su inocencia le diera por posarse sobre un muerto. El señor Rafael, que hubo de sentirse caritativo con el muerto a quien de vivo tratara tan sin piedad, nos ayudó a preparar el ataúd; el hombre iba y venía de un lado para otro diligente y ufano como una novia, ora con unos clavos, ora con alguna tabla, tal vez con el bote del albayalde, y en su diligencia y ufanía hube de concentrar todo mi discurrir, porque, sin saber ni entonces ni ahora por qué ni por qué no, me daba la corazonada de que
por dentro se estaba bañando en agua de rosas. Cuando decía, con un gesto como distraído:
-¡Dios lo ha querido! ¡Angelitos al cielo...! -me dejaba tan pensativo que ahora me cuesta un trabajo desusado el reconstruir lo que por mí pasó. Después repetía como un estribillo, mientras clavaba las tablas o mientras daba la pintura:
-¡Angelitos al cielo! ¡Angelitos al cielo... ! -y sus palabras me golpeaban el corazón como si tuviera un reló dentro... Un reló que acabase por romperme los pechos... Un reló que obedecía a sus palabras, soltadas poco a poco y como con cuidado, y a sus ojillos húmedos y azules como los de las víboras, que me miraban con todo el intento de simpatizar, cuando el odio más ahogado era lo único que por mi sangre corría para él. Me acuerdo con disgusto de aquellas horas:
-¡Angelitos al cielo! ¡Angelitos al cielo!
¡El hijo de su madre, y cómo fingía el muy zorro! Hablemos de otra cosa.
Yo no supe nunca, la verdad, porque tampoco nunca me diera por pensar en ello en serio, en cómo serían los ángeles; tiempo hubo en que me los imaginaba rubios y vestidos con unas largas faldas azules o rosa; tiempo hubo también en que los creía de la color de las nubes y tan delgados como ni siquiera fueran los tallos de los trigos.


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