Certificado de residencia (Camilo Jose Cela) - pág.3
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-Yo no puedo hacer nada. Son las normas: un certificado de residencia por cada billete.
-¡Oiga, pedazo de animal! ¡Las normas dirán lo que quieran pero yo no puedo irme al ayuntamiento a pedir un certificado de residencia de la pierna! ¡Creerán que me he vuelto loco!
La voz del empleado, al contestar, reflejaba dignidad, enfado y desprecio, todo a la vez.
-Por favor, no me insulte: yo le he tratado educadamente. Además, no es asunto mío. Si expido un billete de tarifa reducida lo tengo que hacer como manda el reglamento.
-Bueno, hombre, si le he ofendido lo siento. No era mi intención. Mire, le diré lo que podemos hacer ¿Le serviría un certificado mío, de la pierna y el resto, todo junto?
El cajero vaciló.
-No sé... No es lo correcto...
-Dese cuenta: le doy más de lo que piden las normas. Un supercertificado, podríamos decir. Pierna y demás accesorios. De la escayola no habrá papeles, desde luego, pero me parece que podríamos considerarla como un vestido, o un abrigo, o algo así, ¿no es verdad?
-El reglamento deja llevar a bordo un bastón, o unas muletas; eso es cierto... La escayola debe ser algo parecido, en realidad... Mire, creo que haré la vista gorda por esta vez y le dejaré que me dé el certificado de residencia suyo, el completo.
-No llevo ninguno.
La sonrisa del empleado era de total triunfo; el suficiente como para agregarle un poco de magnanimidad.
-¿Ve como no hay que ponerse nunca en plan chulo? Se lo dejaré pendiente. Tiene usted un mes para entregarlo en la oficina; allí le abonarán la diferencia. Arreglado.
-No, qué va. De arreglado nada. Quiero que me traigan una silla de ruedas.
-¿Cómo dice?
-Estoy impedido. No pretenderá usted que me meta en el autobús con los demás pasajeros, ¿verdad? Me tienen que poner una silla de ruedas. Lo dice el reglamento.
El viajero cruzó todo el vestíbulo del aeropuerto en silla de ruedas, con la pierna extendida hacia delante como el botalón de una nave y las muletas cruzadas sobre los reposabrazos. Se ahorró la cola del registro de seguridad -la silla de ruedas no pasaba por el arco magnético- e incluso el trámite de la sala de espera. Lo condujeron directamente hasta el avión y allí, con la ayuda de un par de mozos, logró subir las escaleras, estrechísimas, sin perder demasiado la compostura.
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