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La Gran Moral a Eudemo (Aristóteles) - pág.30

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Digamos, ante todo, que la dulzura es un medio entre el arrebato, que conduce siempre a la cólera, y la impasibilidad que no puede nunca llegar a sentirla. Ya hemos visto que todas las virtudes, en general, son medios. Esta teoría fácilmente podría probarse si hubiera necesidad de hacerlo, y bastaría, al efecto, fijarse en que en todas las cosas lo mejor ocupa el medio, que la virtud es la mejor disposición, y que siendo lo mejor el medio, la virtud es, por consiguiente el medio. La exactitud que de esta observación será tanto más evidente cuanto más se la compruebe en cada caso particular. El hombre irascible es el que se irrita contra todo el mundo en todo caso y más allá de los límites debidos. Es una disposición muy reprensible, porque no conviene irritarse contra todo el mundo, ni por todas las cosas, ni de todas maneras, ni siempre; lo mismo que no conviene tampoco no irritarse jamás, por ningún motivo, ni contra nadie. Este exceso de impasibilidad es tan reprensible como el otro. Pero si uno se hace reprensible por incurrir en exceso o en defecto, el que sabe permanecer en el verdadero medio es, a la vez, dulce y digno de alabanza. No es posible aprobar el carácter del que experimenta muy vivamente el sentimiento de la cólera, ni el del que apenas lo siente; pero se llama verdaderamente dulce al que sabe mantenerse en lo justo entre estos dos extremos. Así, pues, la dulzura es el medio entre las pasiones que acabamos de describir.
CAPÍTULO XXII
DE LA LIBERALIDAD
La liberalidad es el medio entre prodigalidad la y la avaricia, dos pasiones que tienen por objeto el dinero. El pródigo es el que gasta en cosas que no debe, más que debe y cuando no debe. El avaro, al contrario del pródigo, es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuando debe. Ambos son igualmente reprensibles. El uno cae en un extremo por falta, el otro en el opuesto por exceso. El hombre verdaderamente liberal, puesto que merece alabanza, ocupa el medio entre estos dos; y el liberal es el que gasta en las cosas que es preciso, lo que es preciso y cuando es preciso.
Por otra parte, hay más de una especie de avaricia, y entre las personas liberales es preciso distinguir los que llamamos cicateros, capaces de dividir un grano de anís en dos partes; los avarientos, que no retroceden jamás tratándose de ganancias vergonzosas, y los tacaños, que exageran a cada momento hasta sus menores gastos.


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