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La Gran Moral a Eudemo (Aristóteles) - pág.29

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CAPITULO XX
DE LA TEMPLANZA
La templanza ocupa el medio entre el desarreglo y la insensibilidad en punto a placeres. La templanza, como en general todas las virtudes, es una excelente disposición moral, y una excelente disposición sólo puede aspirar a lo excelente. Lo excelente en este género es el medio entre el exceso y el defecto. Los dos extremos contrarios nos hacen igualmente reprensibles, y lo mismo pecamos cayendo en el uno que en el otro. Puesto que lo mejor es el medio, la templanza ocupará el medio entre el desarreglo y la insensibilidad, y será el término medio entre estos extremos. Pero si la templanza se refiere a los placeres y a las penas, no se aplica ni a todas las penas ni a todos los placeres, porque no aparece indistintamente en todos los casos en que las unas o los otros se producen. Y así, por tener el placer de ver un cuadro, una estatua, o cualquier otro objeto análogo, no merecerá el que lo haga el título de intemperante y desarreglado. Lo mismo sucede con respecto a los placeres del oído o del olfato. ¿Pero puede tener lugar con respecto a los placeres del tacto o del gusto? No será templado con respeto a los placeres un hombre, ni aun respecto de estos placeres particulares, porque no experimente emoción bajo la influencia de ninguno de ellos, porque entonces sería un hombre insensible. Pero será templado si, sintiéndola, no se deja dominar por ellos hasta el punto de despreciar todos sus deberes por el ansia de gozarlos con exceso; y la verdadera templanza consistirá en permanecer prudente y moderado únicamente por el motivo de que se debe ser, porque si se abstiene de todo exceso en estos placeres, por temor o por otro sentimiento análogo, esto ya no se llama templanza. Fuera del hombre, jamás diremos de los animales que son templados, porque no poseen la razón, que podría servirles para distinguir y escoger lo que es bueno; y toda virtud se aplica al bien y sólo con el bien tiene relación. En resumen, puede decirse que la templanza se refiere a los placeres y a las penas, pero sólo a los que nos pueden dar los sentidos del tacto y del gusto.
CAPITULO XXI DE LA DULZURA
En seguida de lo dicho podemos hablar de la dulzura, y mostrar lo que es y en qué consiste.


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