El superviviente (Howard Phillips Lovecraft y August Derleth) - pág.12
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La luz amarillenta y tenue de la lámpara que mantenía en alto me cegaba parcialmente. Tan sólo veía brillar algo negro y como viscoso. Luego, en el momento en que saltaba por la ventana abierta hacia la oscuridad del jardín, pude verlo entero. Aquello no duró más que un instante, pero me pareció que llevaba un traje muy ajustado al cuerpo y hecho de un extraño material áspero y oscuro. No habría dudado en perseguirlo si no hubiera visto, a la luz de la lámpara, una serie de cosas inquietantes.
El intruso había dejado sus huellas en el suelo. Eran pisadas irregulares y mojadas. Pero lo más extraño era la forma misma de los pies que dibujaban: unos pies anormalmente anchos, con uñas tan largas que habían dejado su marca delante de cada dedo. En el lugar en que el intruso había permanecido inclinado sobre los papeles había charcos de agua. El ambiente estaba saturado de ese fuerte olor a reptil, el mismo que yo había comenzado a aceptar como parte integrante de la casa, pero tan fuerte ahora que me sentí tambalear y estuve a punto de desmayarme.
Sin embargo, mi interés por los documentos era más fuerte que el miedo o la curiosidad. En ese momento la única explicación racional que se me ocurrió fue que uno de los vecinos que atribuían ciertos poderes maléficos a la casa Charriere -y habían decidido no abandonar sus gestiones hasta conseguir que fuese destruida-, había estado nadando antes de venir a invadir el estudio. Aquella circunstancia me parecía poco convincente pero si la rechazaba ¿cómo explicar entonces lo que yo mismo acababa de presenciar?
Fijándome en los documentos, noté inmediatamente la desaparición de varios de ellos. Afortunadamente, los que faltaban eran los que había leído ya y que había dejado amontonados en una pila, sin ordenarlos siquiera. No lograba entender el valor que aquellos papeles podían tener para nadie, a no ser que alguna otra persona estuviera tan interesada como yo, quizá con el fin de reclamar para sí la propiedad de la casa y los terrenos. Todos ellos eran apuntes relativos a la longevidad de los cocodrilos, los caimanes y otros reptiles. Para mí, era ya evidente desde hacía algún tiempo que el doctor Charriere se había volcado de forma obsesiva en el estudio de la longevidad de los reptiles y de sus causas con el fin de aprender cómo el hombre podría llegar a alargar su propia vida.
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