El superviviente (Howard Phillips Lovecraft y August Derleth) - pág.9
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Y murió veinte años después.
-Es decir, a los cien.
-Tal vez.
En fin, tampoco Gamwell pudo proporcionarme gran ayuda. De nuevo, nada específico, nada concreto, no se perfilaba ningún hecho. Sólo una impresión, un recuerdo de alguien, pensaba yo, hacia el cual Gamwell sentía antipatía, aunque él mismo no hubiese sabido decir por qué. Tal vez celos de tipo profesional, que Gamwell no quería reconocer, falseaban sus propios elementos de juicio.
A continuación me dirigí a los vecinos. Casi todos eran jóvenes y sus recuerdos del doctor Charriere eran escasos. Sólo le recordaban como un tipo indeseable porque coleccionaba lagartos, así como otros bichos de esa clase, y se rumoreó que realizaba diabólicos experimentos en su laboratorio. La única anciana era una tal señora Hepzibah Cobbett. Vivía en una casita de dos plantas justo detrás de la valla que limitaba el jardín de la casa Charriere. La encontré muy apagada. Estaba en una silla de ruedas que empujaba su hija, una mujer de nariz aguileña y fríos ojos azules, inquisidores detrás de sus quevedos. Pero la anciana se animó cuando mencioné el nombre del doctor Charriere, y cuando supo que yo vivía en la casa, empezó a hablar.
-No vivirá ahí mucho tiempo, acuérdese de mis palabras. Es una casa endemoniada -dijo con una fuerza que, de pronto, degeneró para convertirse en un parloteo senil-. Más de una vez le he observado. Un hombre alto, jorobado como una hoz, con una perilla pequeña, igual que la de una cabra. ¿Y qué era aquello que reptaba entre sus pies? Una cosa negra y larga, demasiado grande para ser una serpiente; pero yo pensaba en serpientes cada vez que miraba al doctor Charriere. ¿Y qué eran esos gritos durante la noche? ¿Y qué era lo que ladraba ante el pozo? ¿Un zorro? Ya. Yo sé lo que es un perro y lo que es un zorro. Era como un alarido de una foca. He visto cosas, eso sí, pero nadie cree a una anciana con un pie en la tumba. Y usted, usted tampoco me hará caso, porque nadie lo hace.
¿Qué podía deducir de todo esto? Quizá la hija tenía razón cuando dijo, al despedirme: -No haga caso de las divagaciones de mi madre. Padece arteriosclerosis, lo que, en ciertas ocasiones, le debilita la mente-. Pero yo no pensaba que la señora Cobbett fuera una débil mental. Recordaba el brillo tan vivo de sus ojos mientras estaba hablando.
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