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La Llamada de Cthulhu (Howard Phillips Lovecraft) - pág.14

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Los colonos afirmaban que aquello había estado allí desde antes de D´iberville, desde antes de La Salle, desde antes de los indios, e incluso antes que las saludables bestias y aves que poblaron esos bosques. Aquel ser era una pesadilla en sí mismo, y su sola visión suponía la muerte. Pero también hacía soñar a los hombres, y por esa razón estos sabían lo suficiente como para mantenerse lejos de él. La orgía vudú estaba teniendo lugar en los márgenes de tan temida zona, pero eso era ya lo suficientemente malo de por sí. Es posible por lo tanto que el lugar de la celebración hubiera aterrorizado más a los colonos que los escalofriantes sonidos e incidentes.
Solamente la poesía o la locura pueden hacer justicia a los ruidos escuchados por los hombres de Legrasse a medida que se abrían paso por el negro pantano hacia el rojizo resplandor y el apagado sonido de los tambores. Existen rasgos vocales propios del ser humano, y rasgos vocales propios de las bestias; pero resulta harto horrible escuchar los unos cuando la fuente de la que proceden debería producir los otros. La furia animal y el libertinaje orgiástico se azotaban el uno al otro hasta alcanzar cotas demoniacas, en medio de un éxtasis de aullidos y graznidos que desgarraban aquellos bosques nocturnos y reverberaban por toda su extensión como si se tratase de tormentas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando aquel ulular sin orden ni concierto se detenía, y de lo que parecía ser un coro bien orquestado surgían roncas voces entonando en sonsonete aquella horrible frase o ritual: «Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn.»
Entonces fue cuando los hombres, habiendo ya alcanzado un lugar donde la vegetación era menos frondosa, se toparon de repente con la visión del terrible espectáculo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desvaneció, y otros dos profirieron un desquiciado grito que, afortunadamente, fue enmudecido por la furiosa cacofonía que procedía de aquella orgía. Legrasse echó agua de los pantanos en la cara del desmayado, y todos se quedaron temblando allí de pie, casi hipnotizados por el horror.
En un claro natural del pantano había un islote cubierto de hierbas de algo menos de media hectárea, sin árboles y relativamente seco. Allí saltaba y se retorcía una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar.


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