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Hipnos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.6

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La tensión de mi vigilancia se volvió opresiva, y una sucesión de impresiones y asociaciones se agolparon en mi mente casi desquiciada. Oí que un reloj -no los nuestros,.ya que no eran de campana- daba la hora en alguna parte, y mi morbosa imaginación encontró en esto un nuevo punto 4e partida para ociosas divagaciones. Relojes-tiempo-espacio-infinito; después, mi imaginación volvió a lo local, mientras pensaba que aun ahora, más allá del tejado y la niebla y la lluvia y la atmósfera, la Corona Borealis se elevaba por el nordeste. La Corona Borealis, a la que mi amigo parecía temer, y cuyo semicírculo de estrellas titilantes resplandecía sin duda a través de inconmensurables abismos de éter. De repente, mis oídos febrilmente sensibles, parecieron captar un componente enteramente distinto en la nueva mezcolanza de ruidos ampliados por la droga: fue un quejido ronco, lejanísimo, detestablemente insistente, que clamaba, se burlaba, llamaba desde el nordeste.
Pero no fue este quejido lo que me privó de mis facultades y me grabó en el alma un sello de terror del -que quizá no llegue a librarme jamás; no fue aquello lo que me hizó gritar y me produjo las convulsiones que decidieron a los vecinos y a la policía a derribar la puerta. No fue lo que oí, sino lo que vi; porque en esa habitación oscura de cortinas corridas y contraventanas cerradas apareció, desde el oscuro rincón nordeste, un haz de horrible luz roja y dorada; un haz que no difundió resplandor alguno entre las sombras, sino que iluminó tan sólo la cabeza recostada del inquieto durmiente, extrayendo en espantoso duplicado el rostro-recuerdo, luminoso y extrañamente joven, tal como yo lo había percibido en los sueños de espacio abismal y tiempo desencadenado, al traspasar mi amigo la barrera y adentrarse en las cavernas más secretas, profundas y prohibidas de la pesadilla.
Y. mientras le observaba, le vi levantar la cabeza, con sus ojos negros, líquidos, hundidos y llenos de terror, y abrir sus labios finos y oscuros como si fuese a proferir un grito desgarrado.
Aquel rostro espantoso y flexible, brillando sin cuerpo, luminoso y rejuvenecido en la negrura, reflejó un terror más puro, sofocante y enloquecedor que nada de cuanto ha visto jamás en el cielo y en la tierra.
No sonó una palabra en medio de aquel rumor distante que se acercaba más y más; pero seguir la mirada frenética del rostrorecuerdo a lo largo del detestable haz de luz hacia su fuente, de la que también procedía el gemido, vi algo fugazmente y, con un zumbido en los oídos, caí en el ataque de epilepsia y alaridos que atrajo a los inquilinos y a la policía.


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