Hipnos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.5
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Nuestro aspecto y edad parecían causar en muchas ocasiones un ridículo que a mi me ofendía profundamente, pero que mi amigo consideraba menos malo que la soledad. Especialmente, temía encontrarse solo fuera de casa cuando lucían las estrellas; y si no era posible evitarlo, miraba furtivamente el cielo como si le persiguiese alguna monstruosa entidad del firmamento. No siempre miraba en la misma dirección: según la época, vigilaba un punto distinto. En las noches de primavera, miraba hacia el nordeste. Durante el verano, casi verticalmente. En el otoño, hacia el noroeste. Y en invierno, hacia el este; especialmente, en las primeras horas de la madrugada.
Las noches de mediados de invierno eran para él menos terribles. Sólo unos dos años después relacioné sus temores con algo definido; pero entonces empecé a observar que miraba hacia un punto especial de la bóveda celeste, cuya posición en las diferentes épocas correspondía a la dirección de su mirada: punto que correspondía aproximadamente a la constelación Corona Borealis.
Ahora teníamos un estudio en Londres; no nos separábamos nunca, y hablábamos constantemente de los tiempos en que tratábamos de sondear los misterios del mundo irreal. Las drogas, las disipaciones y el agotamiento nervioso nos habían envejecido y debilitado, y la barba y el pelo cada vez más escaso de mi amigo se habían vuelto completamente blancos. Nuestra capacidad para evitar un sueño prolongado era sorprendente, ya que rara vez sucumbíamos más de una hora o dos a esa oscuridad que ahora se había convertido en espantosa amenaza.
Entonces llegó un mes de enero cargado de niebla y de lluvia, en que escaseaba nuestro dinero y nos era difícil comprar drogas. Habíamos vendido todas nuestras estatuas y cabezas de marfil, y no teníamos recursos para adquirir material nuevo, ni fuerzas para modelar el que nos quedaba. Sufríamos terriblemente; y cierta noche, mi amigo cayó en un sueño profundo del que no conseguí despertarle. Aún recuerdo la escena:
el estudio, en una buhardilla oscura y desolada, bajo el alero hostigado por la lluvia; los golpes acompasados de nuestro reloj de pared; el imaginado latido de nuestros relojes, encima del tocador; el vaivén de una contraventana, en algún lugar remoto de la casa; el rumor lejano de la ciudad, amortiguado por la niebla y el espacio, y ---lo peor de todo-- la profunda, sosegada y siniestra respiración de mi amigo tendido en la litera; una respiración rítmica que parecía medir los momentos de miedo y de angustia preternaturales de su espíritu, mientras vagaba por las esferas prohibidas, infinita y pavorosamente remotas.
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