En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.51
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Nos dirigimos hacia él, y cuando al fin pudimos llegar a tocar sus ciclópeos bloques tuvimos la sensación de haber establecido un eslabón sin precedentes, casi blasfemo, con olvidados eones normalmente arcanos para nuestra especie.
Este bastión, en forma de estrella, medía tal vez trescientos pies de punta a punta y estaba construido con bloques de arenisca jurásica de irregular tamaño, de caras que medían por término medio seis pies por ocho. A lo largo de las puntas de la estrella y de sus ángulos interiores se abría, a distancia casi simétrica, una fila de arcos o ventanas de unos cuatro pies de anchura y cinco de altura, cuyo extremo inferior quedaba como a cuatro pies de la superficie helada del suelo. Mirando a través de estos arcos y ventanas pudimos ver que el espesor de los muros era de cinco pies cumplidos, que en el interior no quedaba tabique alguno y que se percibían restos de franjas talladas o bajorrelieves en las paredes internas -hechos que, desde luego, ya habíamos adivinado al volar a poca altura por encima de ese bastión y de otros parecidos-. Aunque debieron existir en un principio partes bajas, todo vestigio de ellas estaba completamente oculto en aquel lugar por una espesa capa de nieve y hielo.
Entramos a gatas por una de las ventanas y tratamos en vano de descifrar los dibujos murales casi borrados, pero no tratamos de perturbar el helado suelo. Los vuelos de orientación nos habían indicado que muchos de los edificios de la ciudad propiamente dicha estaban menos tapados por el hielo y que tal vez podríamos encontrar interiores completamente despejados que nos permitieran llegar al verdadero piso bajo si entrábamos en un edificio que aún conservara tejado. Antes de abandonar el bastión lo fotografiamos minuciosamente y estudiamos con verdadero asombro su ciclópea obra de mampostería sin argamasa. Hubiéramos deseado tener allí a Pabodie, que con sus conocimientos de ingeniería quizá nos hubiera ayudado a comprender cómo pudieron manejarse aquellos bloques titánicos en época increíblemente lejana en que habían sido edificados la ciudad y sus alrededores.
Aquel recorrido de media milla cuesta abajo hasta la verdadera ciudad, mientras el viento de las alturas gemía en vano y salvajemente a través de los picos que se alzaban hacia el cielo al fondo, es algo que quedará grabado para siempre en mi mente con sus más ínfimos detalles. Solamente en fantásticas pesadillas podía un ser humano, excepto Danforth y yo, concebir tales efectos ópticos.
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