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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.50

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Para la expedición a pie descartamos las prendas de vuelo muy gruesas y forradas de pieles, y llevamos con nosotros un pequeño equipo, consistente en una brújula de bolsillo, una máquina de fotos, algunas provisiones, gruesos cuadernos y papel en abundancia, martillo y escoplo de geólogo, bolsas para las muestras de mineral, un rollo de cuerda de montañero y potentes linternas eléctricas con pilas de repuesto; llevábamos este equipo en el aeroplano por si se nos presentaba ocasión de aterrizar, tomar fotografías en tierra, hacer dibujos y trazar planos topográficos, además de recoger muestras de rocas en algunas de las desnudas laderas o en una cueva. Por fortuna, disponíamos de papel en abundancia para romper, meter en un saco y utilizarlo como en el tradicional deporte de «la liebre y los sabuesos» con el fin de dejar señales de nuestro recorrido en cualquiera de los laberintos anteriores en los que pudiéramos adentrar-nos. Lo llevábamos para el caso de que encontráramos una serie de cuevas en las que el aire estuviera lo bastante en calma como para permitirnos emplear este rápido y sencillo método en lugar del habitual de dejar en las rocas señales hechas con un escoplo.
Mientras bajábamos cautelosamente la pendiente de nieve encostrada hacia el asombroso laberinto de piedra que se alzaba amenazador contra el fondo de un Oeste opalescente, tuvimos una sensación casi tan aguda de estar a punto de experimentar maravillas como cuando, cuatro horas antes, nos habíamos aproximado al insondable paso de la cordillera. Es cierto que nuestros ojos se habían familiarizado con el increíble secreto oculto por la barrera de cumbres, y, sin embargo, la perspectiva de adentramos entre paredes primordiales alzadas por seres conscientes hacía tal vez millones de años -antes que pudiera haber existido ninguna raza humana conocida- no resultaba menos amedrentadora y posiblemente terrible por lo que suponía de anormalidad cósmica. Aunque la finura del aire a aquella prodigiosa altura hacía los esfuerzos más difíciles de lo corriente, tanto Danforth como yo vimos que lo soportábamos muy bien, y nos sentimos capaces de casi cualquier tarea que pudiera caemos en suerte. Solamente tuvimos que dar algunos pasos para llegar hasta unas ruinas informes que la erosión había dejado al ras del suelo, mientras que unas diez o quince varas más allá se alzaba un enorme bastión descubierto que todavía mostraba su gigantesca estructura de cinco puntas alcanzando una altura irregular de diez u once pies.


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