En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.45
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Por supuesto, alguna teoría natural debió alentar en el fondo de nuestra mente calmando nuestras facultades en aquel momento. Probablemente pensamos entonces en las piedras del Jardín de los Dioses en Colorado, grotescamente modeladas por el tiempo, o en las rocas fantásticamente simétricas esculpidas por el viento en el desierto de Arizona. Puede que incluso pensáramos que lo que veíamos era un espejismo, como el que habíamos visto la mañana anterior al acercarnos por primera vez a aquellas montañas de locura. A estas ideas normales tuvimos que recurrir cuando nuestras miradas recorrieron la interminable altiplanicie marcada por las cicatrices de las tempestades y cuando percibimos el casi infinito laberinto de masas rocosas, colosales, regulares y geométricamente eurítmicas que alzaban sus desmoronadas crestas, llenas de hoyos como de viruelas, por encima de una costra de hielo de grosor no superior a los cuarenta o cincuenta pies en sus partes más espesas, y evidentemente más delgada en otras.
El efecto que causaba aquel monstruoso panorama era indescriptible, pues desde el primer momento pareció evidente una demoníaca violación de las leyes naturales conocidas. Allí, sobre una altiplanicie diabólicamente antigua, a veinte mil pies cumplidos de altura, y en medio de un clima mortífero desde una era anterior a la humanidad de por lo menos quinientos mil años de antigüedad, se extendía hasta donde alcanzaba la vista un conjunto ordenado de piedra que solamente la defensa instintiva y desesperada de la razón podía atribuir a otra cosa que no fuera una causa consciente y artificial. Habíamos ya desechado como ajena a la razón la teoría de que los cubos y los bastiones de las laderas tuvieran un origen no natural. ¿Cómo podía haber sido de otro modo, si el hombre apenas se diferenciaba del mono cuando aquella región sucumbió al actual reino perpetuo de la muerte glacial?
Y, sin embargo, ahora el dominio de ‘la razón parecía irrefutablemente vencido, pues aquel ciclópeo laberinto de bloques cuadrados, corvos y angulosos tenían características que privaban de todo refugio mental. Era, muy claramente, la ciudad blasfema del espejismo trocada en realidad desnuda, objetiva e ineludible. Aquel portento maldito tenía después de todo una base real -algún estrato horizontal de polvo de hielo se había formado en la atmósfera superior y el abominable conjunto superviviente de piedra había proyectado su imagen por encima de las montañas de acuerdo con las sencillas leyes de la reflexión-. Naturalmente, el espejismo había desfigurado y exagerado mostrando cosas ajenas al paisaje real, pero ahora que contemplábamos éste lo encontramos todavía más horrendo y amenazador que su distante imagen.
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