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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.42

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Los antiquísimos estratos rocosos erosionados por los vientos confirmaron plenamente todos los boletines de Lake, y vinieron a demostrar que aquellos picos se habían alzado allí exactamente del mismo modo desde eras sorprendentemente tempranas de la historia de la Tierra, quizá durante más de cincuenta millones de años. Sería yana ocupación tratar de calcular a qué altura llegaron, pero cuanto se percibía en tan extraña región hacia pensar en oscuras influencias atmosféricas contrarias a las mudanzas y calculadas para dilatar ‘los usuales procesos climáticos de desintegración de las rocas.
Pero lo que más nos fascinó e inquietó fue el revoltijo de cubos regulares, de bastiones y de bocas de cueva que vimos en las laderas. Los estudié con la ayuda de los prismáticos y los fotografié mientras Danforth pilotaba; de vez en cuando le relevaba -aunque mi pericia como aviador no pasaba de ser la de un aficionado- para permitirle que utilizara ‘los prismáticos. Podíamos ver sin dificultad que gran parte de los cubos eran de cuarcita arcaica más bien arenosa, distinta de todo cuanto podíamos ver en grandes extensiones de terreno de la superficie general; y también que su regularidad era muy grande y misteriosa hasta un punto que el pobre Lake apenas había podido sugerir.
Como él había dicho, tenían los bordes desmoronados redondeados debido a incontables eones de erosión salvaje pero su inexplicable solidez y la dureza del material de que estaban formados habían logrado que perduraran a pesar de todas las inclemencias. Muchas de sus partes, especialmente las más cercanas a las laderas, parecían ser de sustancia idéntica a la de la superficie rocosa que las rodeaba. Todo ello recordaba las ruinas de Machu Pichu en Los Andes, o los primitivos muros de los cimientos de Kish excavados por la expedición del Field Museam de Oxford en 1929; y tanto Danforth como yo tuvimos esa misma impresión de que se trataba de bloques ciclópeos separados que Lake había atribuido a Carroll, su compañero de vuelo. No me era posible, la verdad sea dicha, explicar ‘la presencia de tales cosas en aquel lugar y me sentí extrañamente humillado como geólogo. Las formaciones ígneas, como son las volcánicas, presentan con frecuencia extrañas regularidades, como la afamada Calzada de los Gigantes de Irlanda, pero esta sobrecogedora cordillera, pese a las primeras suposiciones de Lake acerca de’ la existencia de conos volcánicos humeantes, tenía por encima de todo una estructura que, evidentemente, no era volcánica.


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