En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.41
Indice General
|
Volver
Página 41 de 110
Ya he repetido el relato no comprometedor que hicimos a los hombres del campamento y que retransmitimos al exterior a nuestro regreso, dieciséis horas después de nuestra partida. Ahora me incumbe el tremendo deber de ampliar ese informe rellenando los vacíos que he callado por piedad con insinuaciones de lo que verdaderamente vimos en el oculto mundo ultramontano, insinuaciones de las revelaciones que finalmente han conducido a Danforth a una crisis nerviosa. Quisiera que él añadiera unas palabras sinceras acerca de lo que cree que él solamente vio -aunque se trata probablemente de una figuración provocada por los nervios- y que fue tal vez la gota que colmó el vaso dejándole en el estado en que se encuentra, pero se muestra firme en contra de eso. Lo único que puedo hacer es repetir sus incoherentes susurros Posteriores acerca de lo que le llevó a prorrumpir en gritos mientras el avión regresaba por el desfiladero azotado por el ventarrón después de la impresión verdadera y tangible que compartí con él. No diré más. Si las claras señales que haya en lo que revele de remotos horrores supervivientes no bastan para impedir que otros se adentren en la Antártida interior -o al menos para que no curioseen demasiado profundamente bajo la superficie de ese supremo yermo de prohibidos arcanos y desolación inhumana maldita durante eones-, la responsabilidad de males indecibles y tal vez incalculables no será mía.
Danforth y yo, al estudiar las notas tomadas por Pabodie en su vuelo de la tarde y hacer algunas comprobaciones con el sextante, habíamos calculado que el paso más bajo que ofrecía la cordillera se encontraba a nuestra derecha, a la vista del campamento y a una altura de veintitrés o veinticuatro mil pies sobre el nivel del mar. Partimos, pues, rumbo a ese lugar en el aligerado aeroplano a iniciar nuestra expedición de descubrimiento El campamento, situado en unas estribaciones que se alzaban sobre una elevada meseta continental, se hallaba a una altura de alrededor de unos doce mil pies; por tanto, lo que necesitábamos subir no era tanto como a primera vista pudiera parecer. No obstante, a medida que ganábamos altura nos dimos cuenta de que el aire se enrarecía, pues, a causa de ‘las condiciones de visibilidad, tuvimos que dejar abiertas las ventanillas de la carlinga. Naturalmente, llevábamos puestas ‘las pieles de mayor abrigo.
A medida que nos aproximábamos a las adustas cumbres, que se elevaban oscuras y siniestras por encima de la nieve hendida por los desfiladeros y los glaciares que rellenaban las quebradas, fuimos percibiendo más y más de aquellas formaciones extrañamente regulares que se adherían a las laderas y volvimos a pensar en las estrambóticas pinturas asiáticas de Nicholas Roerich.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-110
|