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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.40

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Lo primero que hicimos cuando encontramos los cuerpos en el cobertizo, fue fotografiar y abrir la fila de tumbas cubiertas con montículos de nieve en forma de estrella. No pudimos sino advertir la semejanza que había entre aquellos monstruosos montones de nieve, con sus conjuntos de puntos agrupados, y la descripción que nos había hecho el desgraciado Lake de los insólitos pedazos ¿e esteatita verdosa, y cuando encontramos algunos de estos pedazos en el gran montón de minerales, advertimos que ‘la semejanza era, efectivamente, muy grande. He de decir claramente que toda aquella configuración recordaba abominablemente la cabeza en forma de estrella de aquellos seres arcaicos y todos estuvimos de acuerdo en que esta semejanza debió de ejercer una poderosa influencia en la mente de los hombres de Lake, hipersensibilizados por el cansancio.
Porque la locura -centrada en Gedney como único posible superviviente- fue la explicación espontáneamente adoptada por todos, al menos en cuanto a lo que se expresó verbalmente, aunque no incurriré en la ingenuidad de negar que cada uno de nosotros probablemente abrigaba las más descabelladas explicaciones que la cordura nos impidió formular. Sherman, Pabodie y McTighe realizaron aquella tarde un largo vuelo sobre el territorio de los alrededores y escudriñaron el horizonte con prismáticos en busca de Gedney y de los varios seres desaparecidos, pero nada se pudo averiguar. El trío explorador informó que la cordillera se extendía interminablemente hacia la derecha y hacia la izquierda sin disminuir de altura ni mostrar cambio esencial de la estructura. En algunos de los picos, sin embargo, las formaciones de cubos y bastiones eran más claras y acusadas, y presentaban semejanzas doblemente fantásticas con las ruinas de las tierras altas de Asia pintadas por Roerich. La distribución de las crípticas bocas de cueva en las negras cimas desprovistas de nieve parecía más o menos regular hasta donde la vista podia alcanzar.
A pesar de todos los horrores presentes, conservamos celo científico y curiosidad suficientes como para preguntarnos acerca de las regiones desconocidas que se hallarían al otro lado de las misteriosas montañas. Como dijimos en nuestros partes, siempre cautelosos, descansamos a medianoche, después de un día de espanto y desconcierto, mas no sin antes pergeñar un plan provisional para sobrevolar una o varias veces más la cordillera con un aeroplano poco cargado, máquina de fotografías aéreas y equipo de geología, a partir de la mañana siguiente. Se decidió que Danforth y yo hiciéramos la primera tentativa, y con el propósito de despegar temprano nos levantamos a las siete, pero el fuerte viento, mencionado en nuestro sucinto boletín para el mundo exterior, retrasó la partida hasta casi las nueve.


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