En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.38
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Pero lo ocurrido era en cualquier caso horrendo y repugnante. Tal vez sea mejor que deje a un lado los escrúpulos y diga al fin lo peor, aunque manifieste categóricamente la opinión de que, a juzgar por las observaciones directas y las rigurosas deducciones que hicimos tanto Danforth como yo, el por entonces desaparecido Gedney nada tuvo que ver con los abominables horrores que encontramos. He dicho que los cadáveres estaban espantosamente destrozados, pero ahora debo añadir que algunos de ellos mostraban incisiones muy curiosas, hechas a sangre fría y de la manera más inhumana. Me refiero tanto a los perros como a los hombres. Los cuerpos más sanos y gruesos de cuadrúpedos y bípedos estaban despojados de las partes más carnosas, como si hubieran pasado por manos de un hábil carnicero; y en torno suyo había sal esparcida, procedente de las cajas de provisiones que se hallaban en los aeroplanos y que habían sido saqueadas, lo que evocaba las más horribles imágenes. Todo había ocurrido en uno de los rudimentarios cobertizos del cual habían sacado uno de los aeroplanos; los vientos habían borrado después todas las huellas que hubieran podido servir de base una teoría plausible. Los trozos de ropas que estaban esparcidos, arrancados brutalmente de los cuerpos que mostraban las incisiones, no ofrecían ningún indicio. De nada sirve sacar a relucir aquí las huellas que hallamos débilmente marcadas sobre la nieve en una esquina resguardada del destrozado cercado, pues no tenían nada que ver con huellas humanas, sino que estaban claramente relacionadas con aquellas huellas fosilizadas de las que el pobre Lake había estado hablando las semanas anteriores. Era necesario frenar la imaginación al socaire de aquellas ensombrecedoras montañas de locura.
Como ya he dicho, resultó que Gedney y uno de los perros habían desaparecido. Al descubrir aquel terrible cobertizo, habíamos echado de menos a dos perros y a dos hombres, pero la tienda de disección, poco dañada, en la que entramos después de investigar las monstruosas tumbas, tenía algo que revelarnos. No estaba como Lake la había dejado, pues los trozos cubiertos de aquella monstruosidad primigenia ya no se hallaban sobre la improvisada mesa de disección. De. hecho, ya nos habíamos percatado de que uno de esos seis seres imperfectos y demencialmente inhumados que habíamos encontrado -el que conservaba vestigios de un olor singularmente odioso- debía corresponder al conjunto de los trozos del ente que Lake había tratado de estudiar.
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