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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.37

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Siento la constante tentación de rehuir los detalles y dejar que las insinuaciones ocupen el lugar de los hechos y de las inevitables deducciones. Espero haber dicho ya lo suficiente para que se me permita mencionar apresuradamente lo demás, es decir, el horror del campamento. He hablado del terreno devastado por el viento, de los cobertizos dañados, del desorden de la maquinaria, de la inquietud de los perros, de la desaparición de trineos y otros objetos, de la muerte de hombres y perros, de la desaparición de Gedney y de los seis ejemplares biológicos enterrados de forma que dijérase obra de un loco, procedentes de un mundo muerto hacía cuarenta millones de años y con sus tejidos extrañamente incólumes a pesar de todos los daños de la estructura. No recuerdo si he dicho que cuando contamos los cadáveres de los perros advertimos que faltaba uno. No pensamos mucho en ello hasta más tarde -y en realidad solamente lo hemos hecho Danforth y yo.
Lo principal que he venido callando tiene que ver con los cadáveres y con ciertos detalles sutiles que pueden dar o no una especie de explicación horrenda e increíble del aparente caos. En su momento, traté de mantener la mente de todos alejada de estas cosas, pues era mucho más sencillo -y mucho más normal- achacarlo todo a uA ataque de locura de algunos de los hombres del grupo de Lake. Por el aspecto que ofrecía todo, el viento demoníaco llegado desde las cumbres debió bastar para enloquecer a cualquiera que se hallara en aquel centro de todo el misterio y toda la desolación de la tierra.
La anomalía que lo remataba todo era, naturalmente, las condiciones en que se hallaban los cadáveres, tanto los de los hombres como los de los perros. Todos se habían visto envueltos en una especie de lucha terrible y estaban desgarrados y despedazados de manera diabólica y completamente inexplicable. Por lo que pudimos colegir, la muerte había sobrevenido por lesiones o estrangulación. Era evidente que fueron los perros los que iniciaron la lucha, pues el estado de su primitivo cercado demostraba que se había roto desde dentro. Lo habían situado a cierta distancia del campamento por el odio que inspiraban a los animales aquellos infernales organismos arcaicos, pero esta precaución parece que resultó inútil. Cuando los dejaron solos en medio de aquel viento monstruoso, tras unos endebles muros de insuficiente altura, los perros debieron salir de estampía, no sé si a causa del mismo viento o excitados por un sutil olor que emanaba en cantidad creciente de aquellas criaturas de pesadilla.


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