En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.35
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Mientras estuvimos ausentes Pabodie, Sherman, Ropes, McTighe y Williamson trabajaron incansablemente en los’ dos mejores aeroplanos de Lake, dejándolos en estado de funcionamiento a pesar de los inexplicables destrozos que se habían producido en su mecanismo.
Decidimos cargar todos los aeroplanos a la mañana siguiente y salir para nuestra antigua base lo antes posible. Aunque esta ruta no era la directa, era la más segura para llegar a la bahía de McMurdo, pues volar en línea recta través de desconocidas extensiones del continente, muerto durante eones, supondría añadir muchos peligros. Apenas resultaba posible realizar más exploraciones, en vista de las trágicas bajas que habíamos tenido y del daño sufrido por el equipo de perforación. Las dudas y los horrores que nos rodeaban, y que no revelamos, solamente nos hacían desear escapar lo más rápidamente posible de aquel mundo austral de desolación y sobre el cual se cernía la locura.
Como sabe el público, nuestro regreso al mundo civilizado se logró sin más desastres. Todos los aeroplanos llegaron a la antigua base en la tarde del día siguiente -27 de enero-, después de un rápido vuelo sin escalas; el 28 llegamos a la bahía de McMurdo tras dos etapas de vuelo la única escala, muy breve, fue debida a la avería de un timón provocada por el tremendo viento que soplaba por encima de la muralla de hielo una vez atravesada la gran meseta. A los cinco días, el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y todo el equipo a bordo, nos alejamos de los mantos de hielo cada vez más espesos y navegamos rumbo al Norte por el mar de Ross con las burlonas alturas de Tierra Victoria descollando contra un alborotado cielo antártico hacia el Oeste y desfigurando los gemidos del viento hasta convertirlos en silbos musicales que abarcaban una amplia escala y que me helaron el alma hasta lo más hondo. Menos de dos semanas después dejamos atrás el último indicio de regiones polares y dimos gracias al cielo por haber salido de un territorio embrujado y maldito en que la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían formado oscuras y blasfemas alianzas en las épocas ignotas en que la materia serpenteó primero y nadó después sobre la corteza apenas enfriada del planeta.
Desde nuestro regreso, todos hemos procurado disuadir a los posibles exploradores de la Antártida, reservándonos ciertas dudas y suposiciones con espléndida unanimidad y fidelidad.
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