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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.34

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El hecho de que solamente un aeroplano radicalmente aligerado de peso podría sobrevolar una cordillera de tan gran altura fue lo que afortunadamente limitó a nosotros dos el número de participantes en la expedición. Cuando regresamos a la una de la madrugada, Danforth estaba a punto de derrumbarse vencido por los nervios, pero se dominó de manera admirable. No fue necesario violentarle para que prometiera no mostrar los dibujos que habíamos hecho y el resto de las cosas que trajimos en los bolsillos, ni para que dijera a los demás sólo lo que habíamos convenido que transmitiriamos al exterior y escondiera las películas de fotografías tomadas con el fin de revelarías posteriormente en secreto; por ello, esta parte de mi narración será tan nueva para Pabodie, McTighe, Ropes, Sherman y los demás como para el mundo en general. En realidad, Danforth es más reservado que yo, pues él vio, o cree que vio, algo que ni siquiera a mí ha querido decirme.
Como todos saben, en nuestro informe confirmábamos la opinión de Lake de que los grandes picos eran de pizarra precámbrica y de otros estratos arcaicos que habían permanecido inalterables por lo menos desde mediados del Comanchiense; comentábamos la regularidad de las formaciones de murallas y cubos adheridos, decidíamos que las bocas de cavernas indicaban la presencia de venas calcáreas disueltas, conjeturábamos que ciertas laderas y desfiladeros permitirían escalar y cruzar la cordillera a escaladores experimentados; y comentábamos que en la otra vertiente misteriosa existía una elevada e inmensa supermeseta tan antigua e inmutable como las propias montañas, todo ello mientras narrábamos un duro ascenso hasta veinte mil pies de altitud, con grotescas formaciones rocosas que sobresalían de una fina capa glacial y con bajas estribaciones entre la superficie general de la meseta y los precipicios cortados a pico de las cumbres más altas.
Este conjunto de datos es exacto en todos los sentidos y satisfizo completamente a los hombres del campamento. Achacamos el ‘hecho de no haber regresado hasta pasadas dieciséis horas -un tiempo superior al que dijimos que habíamos permanecido volando, aterrizando, reconociendo el terreno y recogiendo rocas- a imaginarios vientos adversos, y dimos noticia verdadera de nuestro aterrizaje en las estribaciones más lejanas. Afortunadamente el relato parecía auténtico y lo suficientemente trivial como para no tentar a otros a emular el vuelo realizado. Si alguien. hubiese tratado de imitarnos, yo hubiera empleado todos mis poderes de persuasión para disuadirlo -y no sé lo que Danforth hubiera hecho-.


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