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En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.31

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El espejismo, en líneas generales, no era muy distinto de algunos de los más caprichosos observados y dibujados por el ballenero ártico Scoresby en 1820, pero en aquel lugar y momento, con aquellos picos oscuros y desconocidos que se elevaban prodigiosamente ante nosotros, aquel descubrimiento anómalo de un mundo anterior en nuestras mentes y el presagio de un probable desastre que habría afectado a la mayor parte de la expedición, todos creímos percibir en él un matiz de latente perversidad y un augurio infinitamente aciago.
Sentí alivio cuando el espejismo comenzó a desvanecerse, aunque en el proceso de disolución los diversos conos y torres de pesadilla adoptaron temporalmente formas distorsionadas aún más horrorosas. Cuando todo aquel engañoso espectáculo se desvaneció para sofocarse en ebullente opalescencia, comenzamos a mirar otra vez hacia tierra, y advertimos que no estaba lejos el fin de nuestro viaje. Las desconocidas montañas que teníamos ante nosotros se elevaron vertiginosamente como imponente muralla ciclópea dejando ver con sorprendente claridad sus curiosas regularidades aun sin ayuda de prismáticos. Ya volábamos sobre las estribaciones más bajas y podíamos distinguir entre la nieve, el hielo y los retazos desnudos de la meseta principal un par de puntos oscuros que supusimos eran el campamento de Lake y las perforaciones hechas por éste. Las estribaciones más altas se elevaban a unas cinco o seis millas de distancia formando una cadena casi independiente de la aterradora cordillera del fondo, con picos más altos que el Himalaya. Al fin, Ropes -el estudiante que había relevado a McTighe en los mandos del aparato- comenzó a descender hacia el punto oscuro de la izquierda, cuyo tamaño hacía suponer que se trataba del campamento. Mientras lo hacía, McTighe transmitió el último mensaje no censurado que el mundo iba a recibir de nuestra expedición.
Todos, naturalmente, han leído los breves e insuficientes boletines del resto de nuestra permanencia en la Antártida. Algunas horas después del aterrizaje enviamos un cauteloso informe acerca de la tragedia que habíamos encontrado, y anunciamos al mundo con dolor que todo el grupo de Lake había sido exterminado por el terrible viento del día anterior, o de la noche que le precedió. Once muertos seguros y Gedney desaparecido.
Se nos perdonó nuestra confusa falta de detalles por comprender el estado de ánimo en que debió sumirnos el triste suceso, y se nos creyó cuando dijimos que los tremendos destrozos causados ¿por el viento habían dejado los once cadáveres en un estado que hacía imposible su traslado.


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