En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.17
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No había nada que correspondiera a animales
tan recientes como el mastodonte, el elefante, el verdadero camello, el ciervo o los animales bovinos, por lo que Lake dedujo que los depósitos más modernos eran del’ oligoceno y que el estrato excavado había permanecido en su actual estado, seco, muerto e inaccesible, durante treinta millones de años por lo menos.
Por otra parte, la preponderancia de formas muy tempranas de vida era extraordinariamente curiosa. Aunque la formación de piedra caliza, a la luz de los fósiles que contenía, tan característicos como las ventriculitas, era
indiscutiblemente comanchiense y en ningún modo anterior, entre los fragmentos sueltos que se hallaban en la oquedad había una proporción sorprendente de organismos considerados hasta ahora como propios de períodos muy anteriores, entre ellos algunos peces rudimentarios y moluscos y corales que podían clasificarse como pertenecientes a períodos tan remotos como el silúrico superior o el ordoviciense. La inevitable condusión era que en esta parte del mundo había habido un grado de continuidad excepcional entre la vida de hace más de trescientos millones de años y la de hace tan sólo treinta millones. Dilucidar hasta qué punto había persistido esta continuidad después de la era oligocénica, cuando se cerró la caverna, era algo que estaba, desde luego, más allá de cualquier conjetura. En cualquier caso, la llegada del terrible hielo del pleistoceno hace unos quinientos mil años
-poco más que ayer en comparación con la antigüedad de aquella caverna- debió de acabar con las formas primitivas de vida que habían logrado sobrevivir más allá del limite general alcanzado por sus congéneres.
Lake no se contentó con enviar este primer mensaje, sino que hizo redactar otro boletín y transmitirlo a través de la nieve hasta el campamento antes que Moulton pudiera regresar. Acto seguido, Moulton permaneció junto a la radio en uno de los aeroplanos transmitiéndome a mí -y al Arkham, que transmitía a su vez al mundo exterior- las numerosas aclaraciones que Lake le enviaba empleando una serie de mensajeros. Quienes siguieran aquel asunto en la prensa recordarán la excitación que provocaron en los hombres de ciencia las noticias de aquella tarde, noticias que finalmente haya dado lugar, al cabo de tantos años, a la organización de la Expedición Starkweather-Moore, cuyos propósitos tan ardientemente deseo desalentar. Será mejor que transcriba literalmente los mensajes tal como los envió Lake y como los tradujo nuestro radiotelegrafista, McTighe, de sus notas taquigráficas tomadas a lápiz:
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