En las montañas de la locura (Howard Phillips Lovecraft) - pág.7
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La salud de nuestro grupo de desembarco -veinte hombres y cincuenta y cinco perros de Alaska- era excelente, aunque lo cierto era que aún no habíamos encontrado fríos ni temporales verdaderamente rigurosos. Por lo general, el termómetro oscilaba entre los O grados y los 20 ó 25 Fahrenheit y los inviernos pasados en Nueva Inglaterra ya nos habían acostumbrado a tales inclemencias. El campamento de lo alto de la barrera era semipermanente y estaba destinado a almacenar gasolina, provisiones, dinamita y otros suministros.
Sólo eran necesarios cuatro aeroplanos para transportar el equipo de exploración; el quinto lo dejamos a cargo de un piloto y dos hombres de la tripulación, en el depósito, como medio de llegar basta nosotros desde el Arkham en caso de que se perdieran todos los aeroplanos de exploración. Más adelante, cuando utilizáramos todos los demás aeroplanos para el transporte del equipo, destinaríamos uno o dos a establecer una especie de puente aéreo entre el depósito y otra base permanente situada en la gran meseta, entre 600 y 700 millas en dirección sur, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los informes casi unánimes acerca de los terribles vientos y tempestades que soplaban sobre la meseta, decidimos prescindir de bases intermedias, arriesgándonos así en beneficio de la economía y de una probable eficiencia.
Los informes radiotelegráficos hablaron del impresionante vuelo de cuatro horas sin escala que efectuó nuestra flotilla el 21 de noviembre por encima del elevado banco de hielo, con enormes picos alzándose al Oeste mientras ‘los silencios insondables nos devolvían el eco del sonido de nuestros motores. El viento nos molestaron sólo moderadamente y las brújulas radiogonométricas nos ayudaron a atravesar la poca niebla opaca que encontramos. Cuando las imponentes alturas se alzaron ante nosotros, entre 83 y 84 grados de latitud, supimos que habíamos llegado al glaciar Beardmore, el mayor del mundo entre los situados en un valle, y que el mar helado daba ahora paso a una costa adusta y montañosa. Al fin entrábamos en el mundo blanco de los confines meridionales, muerto durante incontables eones. Al mismo tiempo, vimos a lo lejos, hacia el Este, la cumbre del monte Nansen que se elevaba hasta una altura cercana a los quince mil pies La instalación de la base sur. sobre el glaciar, a 860 7´ de latitud y 174º 23’ de longitud este, llevada a cabo con toda felicidad, y los rápidos taladros y minados efectuados en varios puntos durante nuestras excursiones en trineo y breves vuelos en aeroplano, ya han pasado a la historia, así como el duro y feliz ascenso al monte Nansen que llevaron a cabo Pabodie y dos de los estudiantes graduados -Gedney y Carroll- del 13 al 15 de diciembre.
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