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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.63

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Que yo recuerde éste es el final de mi aventura. Todas mis impresiones posteriores caen de lleno en el dominio del delirio y la fantasmagoría. Los sueños, la locura y los recuerdos se fundieron en un caos de alucinaciones fantásticas y visiones fragmentarias que no pueden tener relación alguna con la realidad.
En primer lugar sentí que caía por un abismo sin fondo; por un abismo de tinieblas vivas y viscosas, de ruidos absolutamente ajenos a toda naturaleza terrena.
En mí despertaron sentidos hasta entonces dormidos, que me revelaron precipicios y vacíos poblados de horrores flotantes, abismos que conducían a simas insondables, a océanos tenebrosos y a negras ciudades de torres basálticas donde nunca brilló luz alguna.
Los misterios de los orígenes de nuestro planeta y sus ciclos inmemoriales cruzaron por mi mente sin ayuda de la vista ni el oído, y comprendí cosas que ni siquiera el más disparatado de mis sueños anteriores había llegado a sugerir. Durante todo ese tiempo me sentí atrapado por los dedos fríos de un vapor húmedo, mientras el silbido enloquecedor y monótono seguía taladrando la vorágine de tinieblas.
Después tuve visiones de la ciudad ciclópea de mis sueños, pero no en ruinas, sino tal como la había soñado. Me vi nuevamente en mi cuerpo cónico, inhumano, rodeado de numerosos miembros de la Gran Raza y de espíritus cautivos que llevaban libros de un lado a otro por los interminables corredores y las rampas inmensas.
Superponiéndose a estas visiones, tuve fugaces destellos de percepciones no visuales, de las que sólo recuerdo mis esfuerzos desesperados y mis violentas contorsiones para zafarme de los tentáculos del viento ululante. Me parece recordar, también, como un vuelo de murciélago a través de una atmósfera densa, y un forcejeo febril por abrirme paso en la oscuridad azotada por el huracán; por fin, me sentí correr frenéticamente entre muros derruidos y derrumbados pilares de piedra.
Hubo un momento en que me pareció vislumbrar algo, en aquel mundo de noche eterna; un leve resplandor azulado en las alturas. Luego soñé que, perseguido por el viento, trepaba y me arrastraba hasta salir a un espacio bañado por la luna, entre ruinas y escombros que se desmoronaban tras de mí bajo los embates furiosos del huracán. Fueron las oleadas monótonas de aquella luz lunar las que me indicaron que, al fin, había regresado a mi antiguo mundo objetivo y vigil.
Me hallaba boca abajo, con las manos clavadas como garras en la arena del desierto australiano, Alrededor de mí aullaba un viento huracanado, mucho más violento que cualquier vendaval.


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