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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.62

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A pesar de que soplaba a mis espaldas, el viento, en vez de empujarme, me impedía avanzar, igual que si me hubieran trabado con un lazo sutil desde las tinieblas. Sin preocuparme ya de no hacer ruido, salté una gran barrera de bloques y me encontré de nuevo en la bóveda que me conducía a la superficie.
Recuerdo que eché una mirada a la sala de máquinas, y a punto estuve de gritar al ver el plano inclinado que conducía a una sala, dos pisos más abajo, donde había otra de esas trampas abominables, probablemente abierta. Pero en vez de gritar comencé a repetirme entre dientes, una y otra vez, que todo era un sueño del que pronto despertaría. Quizá me hallaba en el campamento, tal vez, incluso, en Arkham. Este razonamiento me tranquilizó un tanto, y empecé a subir por la rampa que conducía al mundo exterior.
Sabía, naturalmente, que aún me quedaba por salvar una grieta de más de un metro de anchura; pero iba demasiado preocupado por otros temores para darme cuenta del horror que suponía aquel obstáculo antes de enfrentarme con él. En efecto, a la ida, cuesta abajo, el salto me había resultado relativamente sencillo. Pero ahora, ¿podría saltarlo cuesta arriba, lastrado por el terror, el agotamiento y el peso de la caja, retenido por el viento embrujado que tiraba de mí hacia atrás? Todo esto se me ocurrió en el último momento, y también pensé en aquellos seres sin nombre que acaso acechasen, vivos aún, en los abismos tenebrosos que se abrían bajo la grieta del suelo.
La luz de mi linterna se iba debilitando, pero un vago recuerdo me advirtió de que me encontraba en el borde de la grieta. Las ráfagas de viento frío y los silbidos ululantes que sonaban atrás actuaron en mí como una droga bienhechora que tuvo la virtud de apartar de mi imaginación el horror de aquel abismo abierto a mis pies. Pero, en el mismo instante, percibí una nueva ráfaga y un nuevo silbido, que brotó ante mí a través de aquella misma grieta.
Entonces fue cuando realmente llegó lo más alucinante de mi pesadilla. Perdido el juicio, olvidado de todo, excepto del deseo animal de huir, me lancé a trepar por la pendiente de cascotes, como si ninguna sima hubiera existido detrás. De pronto, vi el borde de la grieta, salté frenéticamente, con todas las fuerzas de mi ser, y en el acto, me sumí en un torbellino infernal de ruidos inmundos y de negrura materialmente tangible.


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