En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.61
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Porque, erróneamente o no, me pareció oír, como respuesta, y procedente de alguna lejana galería, un silbido agudo, ululante, distinto de cualquier otro sonido terrestre, que rebasa con mucho mi posibilidad de describirlo. Si oí bien entonces, lo que ocurrió a continuación fue como un sarcasmo del destino, ya que, de no haber sido por el pánico que aquel fenómeno me produjo, el segundo hecho no habría sucedido jamás.
El caso es, que enloquecí de terror. Cogí la linterna con la mano, agarré la caja casi sin fuerzas, y salté salvajemente, sin más idea que un loco deseo de correr, de alejarme de aquellas ruinas de pesadilla, de salir al mundo exterior -el desierto bajo la luna- que ahora se hallaba tan lejos.
Sin saber cómo, llegué ante el segundo montón de escombros, que se elevaba en la negrura bajo el techo desplomado. Tropecé y me lastimé una y otra vez al gatear por la pendiente de bloques y rocas cortantes.
Y entonces sobrevino el gran desastre. Al cruzar a ciegas la cumbre del montículo, ignorando que al otro lado la pendiente caía bruscamente, perdí pie y resbalé, envuelto en un alud de piedras y cascotes que se desmoronaban en medio de un estruendo ensordecedor, cuyos ecos retumbaron por todos los rincones.
No tengo idea de cómo salí de ese caos; sin embargo, tengo un recuerdo vago de que, a continuación, me lancé a correr por el corredor, sin esperar a que se apagaran los ecos. Llevaba la caja y la linterna conmigo.
Luego, al acercarme a aquella cripta de basalto que tanto temía, la locura completa se apoderó de mí, Al apagarse ya todos los ruidos, nuevamente se hizo audible aquel silbido espantoso que me había aparecido oír antes. Esta vez no cabía duda. Y, lo que era peor, no provenía de atrás, sino de delante de mí.
Me parece que grité con todas mis fuerzas. Tengo la vaga idea de que atravesé a todo correr aquella bóveda de basalto construida por criaturas anteriores a la Gran Raza. De la trampa abierta seguía brotando el silbido ultraterreno. Y también se levantó viento. No una mera corriente de aire frío y húmedo, sino una ráfaga violenta, casi deliberada, que procedía de la misma boca negra que el horrible silbido.
Recuerdo vagamente haber saltado y sorteado obstáculos de todo género, perseguido por aquella ráfaga helada y aquel estridente silbido que crecía por momentos y parecía enroscarse y retorcerse en torno mío.
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