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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.60

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Disminuí mis precauciones al subir por las interminables rampas, pero ni aun entonces pude desechar cierto recelo que no había sentido al bajar.
Me horrorizaba tener que atravesar de nuevo aquella cripta de basalto negro, más vieja aún que la misma ciudad, en donde soplaba un viento helado procedente de las profundidades insondables. Pensé en el terror de la Gran Raza, y en la causa de ese terror que, aunque débil y agonizante, acaso palpitaba aún en el fondo de aquellas tinieblas. Igualmente pensé en las cinco huellas circulares que acababa de ver, y en lo que mis sueños me habían revelado sobre ellas. Y en los extraños vientos y los silbos ululantes que lo acompañaban. Y recordé asimismo los relatos de los indígenas, que expresaban constantemente un horror sin límites a los grandes vientos y a las ruinas sin nombre.
Cierto signo grabado en el muro de la caverna me indicó el camino correcto y -después de pasar junto al otro libro que había examinado anteriormente- llegué al gran espacio circular rodeado de arcos que daban acceso a distintos corredores. Inmediatamente reconocí, a mi derecha, el arco por donde había penetrado en el edificio de los archivos. Me metí por allí sabiendo que, al salir de dicho edificio, mi camino sería más penoso debido a los derrumbamientos. Mi carga metálica me pesaba, y cada vez me resultaba más difícil no hacer ruido al caminar a tropezones entre escombros de todo género.
Después llegué al montón de piedras que alcanzaba hasta el techo a través del cual había practicado un paso angosto. Al encontrarme de nuevo ante él sentí pavor. La primera vez había hecho algo de ruido. Y ahora -vistas aquellas posibles huellas-, lo que más me asustaba era hacer ruido. Además, el estuche dificultaba mi paso por la estrecha abertura.
No obstante, trepé lo mejor que pude a lo alto del obstáculo, y empujé la caja por la abertura. Luego, con la linterna en la mano, me metí gateando destrozándome la espalda con las estalactitas, como me había ocurrido antes.
Al intentar asir la caja de nuevo se me cayó por la pendiente con un estrépito que llenó el recinto de ecos y resonancias, lo cual me cubrió de un sudor frío. Me precipité inmediatamente tras ella y logré recuperarla; pero unos momentos después algunos bloques resbalaron bajo mis pies, produciendo un repentino y estrepitoso desmoronamiento.
Todo este ruido fue mi perdición.


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