En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.56
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Los montones de estuches caídos no eran raros, pues en el transcurso de las eras, este oscuro laberinto había sido maltratado por los cataclismos geológicos, y sus paredes debieron de resonar de manera ensordecedora al derribarse todo aquello. Había recorrido la mitad del espacio que me separaba de los estantes, cuando descubrí el detalle que -vagamente vislumbrado- había determinado mi horror.
Tal detalle no estaba en el montón de estuches, sino en el polvo del suelo. A la luz de la linterna daba la impresión de que aquella capa de polvo no era tan uniforme como debiera: en algunos sitios parecía más fina, como si la hubieran pisado en un tiempo relativamente reciente, quizá unos meses antes. De todos modos había también bastante polvo, de forma que nada puedo asegurar con certidumbre. Pero la mera sospecha de que tales señales pudieran guardar cierta regularidad, me llenó de una angustia indecible.
Acerqué la linterna para examinarlas mejor, y no me gustó lo que vi: con la luz rasante aún tomaron más aspecto de pisadas. Se hallaban dispuestas de una forma relativamente regular, agrupadas de tres en tres. Cada una de dichas huellas tendría unos treinta y cinco centímetros de diámetro, y constaba de cinco impresiones casi circulares, de siete u ocho centímetros de anchura, una de las cuales se hallaba adelantada en relación con las otras cuatro.
Estas supuestas pisadas se hallaban distribuidas en dos series paralelas, pero en sentido opuesto, como si algún animal hubiera ido a un lugar determinado y hubiese regresado después por el mismo camino. Naturalmente eran muy débiles y podía tratarse de una mera ilusión, o de una casualidad. Pero su doble trayectoria -si es que de huellas se trataba- sugería un horror insoportable: uno de los extremos del trayecto terminaba en el montón de estuches, tal vez derrumbados no hacía mucho, y el otro extremo moría en el borde de la trampa siniestra que exhalaba su soplo húmedo y frío, desguarnecida, abierta a los abismos inferiores.
VIII
Tan fatal e ineludible era la fuerza que me impulsaba a seguir adelante, que incluso prevaleció sobre mi pavor. La presencia de aquellas huellas sospechadas despertaron en mí recuerdos tan palpitantes y terroríficos, que ninguna consideración de índole racional me habría determinado a proseguir mi camino. No obstante, aun temblando de miedo, mi mano derecha se me seguía contrayendo rítmicamente en un ansia por manipular cierta cerradura que esperaba encontrar.
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